Opinión

Perú: diciembre de 1879

Por: Víctor Andrés García Belaunde

La difícil situación en la que atravesaba el Perú en diciembre de 1879 era de las más críticas de su historia. El presidente Prado se hizo llamar director supremo de la guerra y después de más de seis meses deja Arica en una total desmoralización. Llega al Callao en un vapor comercial (por las comodidades que este proporcionaba). El 2 de diciembre aparece el decreto de cese de funciones en la presidencia de la República del primer vicepresidente, el general Luis La Puerta, con lo que Prado reasumía la Presidencia, dejando sin efecto el permiso otorgado por el Congreso por la resolución legislativa de 9 de mayo de 1879, que lo autorizaba a dirigir al ejército peruano en el teatro de la guerra.

Los diarios dan cuenta que el presidente ha regresado a la capital para hacer la convocatoria a elecciones generales, pero para el mandatario eso no le es importante porque prioriza la formación de su gabinete ante las renuncias en sus ministros. Cuando sostuvo su entrevista con Piérola este le dio un rotundo no al premierato. Ante la negativa de Piérola de formar un gabinete y publicada una carta donde éste daba sus motivos: los reveses de la guerra; la pérdida de nuestra escuadra; el abandono de Iquique sin defenderlo; perder Tarapacá nuestra fuente de riqueza y la pésima conducción de la guerra. Prado al sentirse acorralado sin posibilidad de éxito en vez de renunciar, tomó la determinación de abandonarlo todo, porque sabía de la conducta de Piérola a quien lo tuvo vigilado; por eso tomó la determinación de desertar al verse totalmente perdido.

El vacío de poder ocurrido el 18 de diciembre de 1879 se perpetró al día siguiente con la noticia que el jefe del estado había fugado, y dejaba la conducción del país a cargo de Luis La Puerta, quien hace público su asunción como presidente, mientras que los ministros renunciantes aun no dejaban sus despachos hasta la conformación de un nuevo gabinete. La incertidumbre culminó el día 21 cuando el coronel Pablo Arguedas se niega a proteger Palacio de Gobierno sublevándose a nombre de Nicolás de Piérola, de esta forma comienza a defender sus posiciones al negarse a obedecer al gobierno constitucional iniciando uno de los episodios más tristes: el de pelear entre nosotros cuando se tiene a un enemigo común acechándonos.

Desde aquel 21 hasta el día siguiente del mismo mes Lima se vio envuelta en una nueva revolución donde hubo varios muertos; el 22 Piérola se hizo del Callao y ese mismo día el general La Cotera tal vez único defensor del régimen es convencido para entregar palacio, lo que se resuelve cuando los jefes de todos los batallones celebran un acuerdo para evitar continuar en una lucha fratricida.

Piérola llega a Lima el 23 cuando sabía que el cabildo lo había investido con facultades omnímodas al mando supremo. Esto no es más que la repetición de lo que hizo Prado cuando sacó a Diez Canseco en 1865 al negarse a gobernar como dictador y celebrar la alianza con Chile en la guerra contra España.

El 24 de diciembre el diario El Comercio resume así la situación del país: “La deserción del presidente de la República y la exasperación del país ante un gobierno que por su imbecilidad y sus crímenes había llegado a ser un serio peligro hasta para la seguridad social, han provocado en el ejército, un movimiento que ha traído como consecuencia, la desaparición del orden legal”.

El Perú entraba así a una dictadura cuyos resultados empeoraron su situación. Es cierto que Piérola dio un nuevo impulso a la lucha, pero sin armada y sin dinero era poco lo que podría conseguir y si se le suma su egolatría, el fracaso le fue estrepitoso cuando se perdió Lima. La lección de todo esto, nos hace ver que la unidad nos hace fuertes; por eso nuestros padres fundadores nos legaron la frase: ¡Firme y Feliz por la Unión!

(*) Abogado y excongresista.

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