
El riesgo que corre el Perú en las próximas elecciones no es solo elegir mal. Es, sobre todo, no saber elegir con memoria, con juicio, ni con responsabilidad histórica. Las encuestas muestran una creciente fragmentación electoral —más de 40 precandidatos presidenciales—, la mayoría de ellos improvisados, sin equipos técnicos, sin experiencia pública y, en muchos casos, con antecedentes cuestionables o nexos con redes criminales, mineras ilegales, narcotráfico o mafias regionales. La democracia peruana, desgastada por la corrupción y la desconfianza, parece abrir sus puertas a cualquiera que prometa “orden” o “mano dura”, aunque detrás de esa fachada se esconda un proyecto autoritario o delincuencial.
El caso del expresidente Pedro Castillo, preso desde diciembre de 2022 por intentar disolver inconstitucionalmente el Congreso, es una advertencia. Castillo llegó al poder como símbolo del pueblo marginado, del maestro rural que retaría a las élites. Pero su gobierno fue un ejemplo del peligro de la improvisación y el clientelismo, donde el Estado se convirtió en botín político de allegados, familiares y operadores sin mérito.
Sin embargo, la alternativa no es entregar el país al otro extremo: a los “duros” de la seguridad, los caudillos del populismo punitivo o los empresarios disfrazados de tecnócratas. Muchos de ellos están hoy vinculados a grupos de poder ilegales o a campañas financiadas por intereses turbios. En regiones dominadas por la minería ilegal, el narcotráfico y la extorsión, ya se denuncia la infiltración del crimen organizado en la política local. Es decir, el riesgo no es solo otro Pedro Castillo, sino algo peor: un presidente que combine el populismo con la criminalidad.
El desencanto ciudadano es comprensible: la inseguridad, la corrupción, la pobreza y el descrédito total del Congreso —el mismo que vacó a Dina Boluarte y que arrastra escándalos de violaciones, prostitución y leyes a favor del delito— han hecho que muchos voten “por rabia” o “por castigo”, no por convicción. Pero votar desde el resentimiento es el camino más corto hacia el desastre. En el Perú, la democracia se ha vuelto un acto de fe ciega, y los electores, los peregrinos que confían una y otra vez en falsos profetas.
La solución pasa por una ciudadanía más crítica, informada y exigente. No se trata de buscar al “salvador”, sino de exigir instituciones que funcionen. El voto debe ser un acto de memoria, no de olvido. Porque cada vez que elegimos sin pensar, el precio lo paga el país entero: en crisis, sangre e incertidumbre.
Hoy, mientras los candidatos se multiplican como setas después de la lluvia, los peruanos deberíamos detenernos un momento a mirar atrás. Veinticinco años después de los vladivideos, quince años después del Baguazo, diez años después de Lava Jato y tres años después del intento de golpe de Castillo, el país no puede seguir tropezando con la misma piedra.
El peligro no es solo elegir mal: es volver a elegir igual. Y si eso ocurre, el Perú no necesitará un enemigo externo para caer; bastará con su propio voto.
(*) Presidente de Aprosec.
