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La Policía es una institución esencial para la democracia

Por: Dina Boluarte

Cada 30 de agosto, al conmemorar a Santa Rosa de Lima, patrona de la Policía Nacional del Perú, tenemos una ocasión especial para rendir homenaje a los hombres y mujeres que han elegido servir al país desde una de las responsabilidades más difíciles que puede confiarles la República: proteger la vida, preservar el orden y defender la seguridad de sus conciudadanos. Es una fecha para agradecer. Pero también para reflexionar. Cuando hablamos de democracia pensamos en elecciones, separación de poderes, libertad de expresión y respeto por los derechos fundamentales. Pero existe una condición indispensable para que todo ello sea posible: un Estado capaz de garantizar la ley, proteger al ciudadano y preservar una convivencia en libertad. 

En esa tarea, la Policía Nacional del Perú es una institución esencial de nuestra democracia. La Policía representa algo más profundo que la capacidad del Estado para enfrentar el delito. Representa la presencia de la República allí donde un ciudadano necesita ser protegido. Cada policía que patrulla una calle, auxilia a una persona o enfrenta a una organización criminal lleva consigo la autoridad del Estado y una enorme responsabilidad frente a la sociedad. Por eso debemos reconciliar dos conceptos que nunca debieron estar enfrentados: autoridad y libertad. La autoridad democrática no es enemiga de la libertad. Es una de sus garantías. La autoridad sin límites puede convertirse en arbitrariedad, pero una sociedad sin autoridad termina dejando al ciudadano a merced del más fuerte. 

La República confía a nuestra Policía el ejercicio legítimo de la fuerza y, precisamente por ello, espera de sus integrantes disciplina, profesionalismo, integridad y respeto por la Constitución y la ley. Pero esa exigencia también obliga al Estado. No podemos pedir una Policía del siglo XXI y entregarle herramientas del pasado. Necesitamos una Policía moderna, profesional, equipada, respaldada por inteligencia y tecnología, pero también respetada y protegida cuando cumple correctamente con su deber. Fortalecer a nuestra Policía debe ser una política de Estado. 

Detrás de cada uniforme hay también una familia. Hay madres, padres, espo-sos, esposas e hijos que ven salir de casa a alguien que ha elegido como profesión proteger la vida de los demás y que esperan, como cualquier familia peruana, verlo regresar. Algunos no regresaron. A ellos les debemos memoria y gratitud. A sus familias, nuestro respeto. Y a los miles de policías que hoy continúan cumpliendo su deber en cada rincón del Perú, nuestro reconocimiento y el compromiso de construir una institución cada vez más digna de su misión. En el día de Santa Rosa de Lima, patrona de nuestra Policía Nacional, quiero hacer llegar a cada policía y a cada familia policial mi saludo, mi afecto y mi gratitud. 

La Policía representa algo más profundo que la capacidad del Estado para enfrentar el delito. Representa la presencia de la República allí donde un ciudadano necesita ser protegido. 

Con los años he aprendido que pocas cosas son tan valiosas para una familia como poder vivir sin miedo y saber que sus hijos y sus nietos pueden crecer en un país donde la ley los protege. Esa tranquilidad cotidiana también descansa sobre los hombros de quienes llevan el uniforme policial. Cuando un policía protege a un ciudadano, enfrenta al crimen o recupera para una comunidad un espacio dominado por el miedo, hace mucho más que preservar el orden. Está defendiendo la libertad de otro peruano. Y cuando nuestra Policía defiende esa libertad dentro de la Constitución y la ley, protege nuestra democracia y hace presente aquello que nunca debe retroceder frente al crimen: la autoridad de la República. 

(*) Expresidenta del Perú 

 

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