Fortalecer la institucionalidad y la independencia de los poderes del Estado
Por: César Sandoval Pozo

Hay países que tienen gobiernos débiles e instituciones fuertes; resisten. Hay países que tienen gobiernos fuertes e instituciones débiles; colapsan. El Perú, hace ya demasiado tiempo, pertenece a un tercer grupo, más peligroso: gobiernos débiles e instituciones débiles. Y eso nos obliga a hablar, no de quién gobierna, sino de aquello que debe permanecer cuando el gobernante se va. Fortalecer la institucionalidad no es un eslogan para seminarios. Es la decisión más práctica que puede tomar una democracia. Sin instituciones sólidas, cada crisis se vuelve existencial, cada elección es una revan- cha y cada ley es sospechosa de tener nombre propio.
- Entender qué es una institución Una institución no es un edificio.
No es el Palacio de Gobierno, ni el Congreso, ni el local del Poder Judicial en Ayacucho. Una institución es una regla que se cumple aunque no convenga a quien tiene el poder. Es el acuerdo tácito de que el árbitro no juega para ningún equipo. Cuando esa regla se rompe, cuando la ley se aplica con lupa para el enemigo y con telescopio para el amigo, lo que se rompe no es solo la confianza en una autoridad. Se rompe la posibilidad misma de convivir. El Perú sufre de lo que algunos politólogos llaman “institucionalidad de baja intensidad”: tenemos todas las instituciones que manda el manual democrático, pero funcionan a media máquina, a ratos, según quién las ocupe.
- Los tres poderes enfermos de lo mismo:la provisionalidad
El Ejecutivo, en las últimas dos décadas, ha aprendido a sobrevivir, no a gobernar. Vive bajo la amenaza permanente de la vacancia, por lo que negocia cada día su permanencia. Un Ejecutivo que no sabe si llegará a fin de mes no puede planificar un país a veinte años. Necesitamos devolverle estabilidad sin devolverle impunidad. Eso pasa por precisar las causales de vacancia e incapacidad moral, que hoy son una puerta abierta a cualquier interpretación. El Legislativo, por su parte, ha confundido representación con venganza y fiscalización con obstrucción. Un Congreso fuerte es indispensable. Un Congreso que legisla de madrugada, con exoneraciones de dictamen, sin análisis de impacto y pensando en la próxima encuesta, es todo lo contrario. Fortalecerlo significa devolverle capacidad técnica, meritocracia en sus comisiones, y sobre todo, el sentido de que no es un contrapoder, sino parte del mismo Estado.
El Poder Judicial y el Ministerio Público
cargan con la desconfianza más corrosiva: la de que la justicia tiene precio o apellido. Cuando la ciudadanía cree -con razón o sin ella- que un fallo se compra o se negocia, deja de acudir al juez y acude a la protesta, al bloqueo o a la violencia. No hay inversión, no hay contrato, no hay comunidad que sobreviva así. Aquí el fortalecimiento no es retórico, es carrera judicial real, no provisional; es presupuesto para peritos, juzgados y fiscalías en regiones como Ayacucho donde un proceso demora años; es control disciplinario que funcione y no sea arma política.
- ¿Cómo se fortalece? No con más leyes, sino con mejores hábitos Nos hemos acostumbrado a responder a cada crisis creando una nueva institución, una nueva comisión, una nueva ley. Tenemos leyes de sobra. Nos faltan tres hábitos:
Primero, la predictibilidad.
Que las reglas no cambien con cada gobierno. Un empresario, un campesino o un estudiante necesita saber que el contrato que firma hoy valdrá mañana. La reforma constitucional constante, hecha al calor del momento, es enemiga de la institucionalidad.
Segundo, la autonomía con rendición de cuentas.
Pedimos autonomía para el JNE, la Contraloría, el Banco Central, la Defensoría. Y está bien. Pero autonomía no es autarquía. Toda institución autónoma que no explica en qué gasta, cómo decide y a quién sanciona, termina convertida en una pequeña república privada.
Tercero, la meritocracia territorial.
No podemos tener un Estado fuerte en Lima y un Estado ausente en Vinchos, en Vraem, en Paras. La institucionalidad se juega en la comisaría donde te atienden bien, en el colegio donde el profesor llega, en el hospital donde hay medicinas. Descentralizar no es repartir dinero, es repartir capacidad. Fortalecer los poderes del Estado no significa que se den la mano y se sonrían para la foto. Significa exactamente lo contrario: que se controlen con firmeza, pero con reglas claras y lealtad al sistema. Que el Congreso fiscalice sin chantajear. Que el Ejecutivo observe leyes sin amenazar con cerrar el Congreso. Que los jueces fallen contra el poder de turno sin temor a ser destituidos al día siguiente. En Ayacucho sabemos bien qué pasa cuando el Estado se retira o llega solo con uniforme. También sabemos qué pasa cuando la población le da la espalda. La reconciliación de la que tanto hablamos no vendrá solo de un monumento o de una indemnización. Vendrá el día en que un ciudadano de esta región sienta que la ley lo protege igual que a un ciudadano de San Isidro. Ese día no necesitaremos hablar de fortalecer la institucionalidad. La estaremos viviendo.
(*) Exministro de Transporte y Comunicaciones
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