Opinión

Entre la memoria y el futuro: por qué el debate termina inclinando la balaza

Por: José Castillo Carazas

El debate presidencial del 31 de mayo dejó una conclusión que trasciende simpatías políticas: el Perú enfrenta una elección entre dos visiones de país profundamente distintas. Más allá de encuestas, ataques y emociones propias de una segunda vuelta, el contraste más evidente estuvo en la estructura de las propuestas, la capacidad de ejecución y la experiencia demostrada por cada candidato.

Mientras Keiko Fujimori apostó por desarrollar propuestas concretas en seguridad, economía, empleo e inversión, Roberto Sánchez centró gran parte de su estrategia en cuestionar el pasado político de su contendora y en responsabilizarla de los problemas que ha enfrentado el Congreso en los últimos años. Sin embargo, ese argumento presenta una debilidad evidente: Fujimori no fue congresista ni ejerció funciones parlamentarias directas, y su bancada nunca contó con una mayoría absoluta que le permitiera controlar por sí sola la agenda legislativa nacional.

En contraste, resulta imposible ignorar que Roberto Sánchez formó parte del gobierno de Pedro Castillo Terrones, una administración que terminó convertida en sinónimo de improvisación, desorden institucional e inexperiencia. Durante ese período, el Perú sufrió una crisis política permanente, una alta rotación de ministros y un deterioro de la confianza ciudadana y empresarial. Pretender desvincularse completamente de esa experiencia resulta difícil cuando se participó activamente de un gobierno que dejó profundas heridas en la gobernabilidad del país.

El debate también evidenció diferencias importantes en la forma. En una campaña marcada por la polarización, los ataques personales ocuparon demasiado espacio. Cuando una candidatura recurre al entorno personal o familiar de su adversario como herramienta política, termina revelando más sobre sus propios límites que sobre las capacidades de quien pretende cuestionar. Es preocupante que este tipo de prácticas se normalicen en escenarios que deberían estar dedicados a discutir soluciones para la inseguridad, la pobreza, la informalidad y la falta de oportunidades.

Pero el fondo de esta elección va más allá de las personas. La verdadera discusión es qué camino quiere seguir el Perú. Para muchos ciudadanos, una eventual victoria de Roberto Sánchez representa la continuidad de la izquierda y genera preocupación debido a la experiencia reciente del período 2021-2026, caracterizada por la incertidumbre, la improvisación y la pérdida de rumbo institucional. Para otros, representa una oportunidad de cambio. Sin embargo, toda transformación requiere equipos sólidos, experiencia y capacidad de ejecución, elementos que no quedaron claramente demostrados durante el debate.

Por ello, al momento de decidir, considero importante hacer una reflexión desapasionada. Más allá de las investigaciones en curso que involucran a Keiko Fujimori y de los momentos difíciles que vivió la sociedad peruana durante el gobierno de Alberto Fujimori, también es cierto que muchas veces el debate público parece concentrarse únicamente en los errores, olvidando los aciertos que contribuyeron a sentar bases importantes para la estabilidad económica, la recuperación institucional y el crecimiento que el país experimentó durante las décadas posteriores.

Si Keiko Fujimori resultase elegida, espero que entienda que el país necesita algo más que crecimiento económico. Necesita unidad, reconciliación y la capacidad de construir puentes. El Perú está cansado de la confrontación permanente.

(*) Contador Público Colegiado y Máster en Banca y Finanzas.

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