Opinión

¡En defensa de la República!

Por: Ángel Delgado Silva

Por esas cosas extrañas, que en el Perú ocurren con suma frecuencia, el desmontaje del régimen castillista –conditio sine qua non para recuperar la democracia– le corresponderá a la compañera de formula del ex presidente. Si bien la paradoja es ya de por sí una curiosidad emblemática, se torna peligrosa cuando los partidos radicales de la ex coalición oficialista, su propia base política, le han declarado una guerra a muerte. Resulta claro, entonces, que la incomprensión ante tal rechazo por sus ex camaradas, explica las vacilaciones, retrocesos y dilaciones gubernamentales, para enfrentar, como sería debido, la violencia subversiva que hoy asola al país.

A esta falta de entendimiento se acoplan los prejuicios moralistas del bagaje caviar. Estos absolutizan el derecho a la protesta, sin importar la protección de un orden público pacífico y democrático. Así confunden las cosas llamando protesta social a lo que en el fondo son agresiones a los derechos, colectivos y particulares, de los ciudadanos. ¿Cómo calificar la quema de aeropuertos, la destrucción del centros comerciales y entidades públicas, el bloqueo de carreteras, el desabastecimiento de ciudades, la toma de centrales hidroeléctricas, el asalto a las comisarias, etc.?

Pero además de estas acciones externas, hay diferencias conceptuales entre las movilizaciones democráticas y las manifestaciones vandálicas. La democracia es el régimen que encauza los conflictos a través de la deliberación pública alentando la confrontación de ideas. Para ella, ganar la calle, ocupar el espacio público, son formas de producir mensajes que influyen en el imaginario ciudadano; un estilo de comunicación política, finalmente. En cambio, la devastación arriba señalada, no persigue convencer a nadie. No apunta a la conciencia popular, sino a la voluntad, para doblegarla. La violencia de estos días amedrenta, causa pánico y mucho temor, entre la gente. Luego las paralizaciones en Puno y otras ciudades son solo aparentes, pues no fluyen de la libertad, sino del miedo. Esta metodología que los anarquistas de finales del siglo XIX practicaron, la sufrimos en los aciagos 80´pasados, con profundo dolor para los peruanos. Se llama terrorismo. Porque aterroriza a la población y utiliza el terror para someter en lugar de convencer. ¡Todo lo contrario a la democracia!

No hay, por ende, ningún reclamo social en la tragedia de los compatriotas del sur. Es simplemente una asonada contra la democracia, contra el modelo político que permite incluso a los subversivos expresarse con libertad y participar en la vida pública. Ahora, después de su contundente fracaso, quieren incendiar y destruir la República. ¡Así de simple! ¡No lo permitiremos! La legítima defensa es un derecho fundamental (Inc. 23, Art. 2º de la Constitución).

(*) Constitucionalista

* La Dirección periodística no se responsabiliza por los artículos firmados

La Noticia

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