Opinión

Agro y crisis alimentaria (II)

Por: Martín Valdivia Rodríguez

Quedó claro ayer que el problema del agro no ha sido abordado en su real dimensión en el Perú por los gobiernos, desde hace décadas, debido al desconocimiento, la indiferencia y el desprecio. Se pensó que con un régimen que llegó al poder con el apoyo mayoritario de las provincias del interior y las comunidades rurales, del Perú profundo, como lo denominaban, la agricultura iba a rescatar el interés y la atención que verdaderamente le corresponde y le conviene al país. Sin embargo, no fue así.

El hecho de que los agricultores sean objeto de marginación no es exclusivo del Perú. El desplazamiento de los campos de cultivos y de la actividad agrícola es un proceso que empezó quizá con la Revolución Industrial, con el reemplazo la yunta y las técnicas tradicionales por máquinas cada vez más eficaces y rentables, con un menor número de trabajadores.

En Europa esta evolución se ha dado mucho más rápido que en Sudamérica. Y en cuanto al Perú, siempre ha estado a la zaga en tecnología. Mientras en el Viejo Continente se aprovechó la agricultura para la industria alimentaria, en nuestro país la economía se supeditó a la extracción de recursos naturales, especialmente de los minerales.

Ese modelo económico, impulsado en los tiempos del guano y el salitre, con el consabido contrato Dreyfus, nos ha llevado a enfrentar una escasez de fertilizantes, productos que Rusia y Ucrania, que ahora no pueden exportar —debido a la guerra que protagonizan— elaboran utilizando materias primas que países como el Perú le proveen. Increíble, pero cierto. Si el Perú hubiera prestado atención a su agricultura, a estas alturas tendríamos fertilizantes suficientes y procedimientos de cultivo tecnologizados, más rentables y capaces de evitar que suframos mayores estragos en caso se dé la temida crisis alimentaria mundial con una posible hambruna.

Ricardo Cuenca, investigador del IEP, tuitea una frase de Eric Hobsbawm, considerado un pensador clave en la historia del siglo XX: “El cambio social más drástico y de mayor alcance de la segunda mitad de este siglo, y el que nos separa para siempre del mundo del pasado, es la muerte del campesinado”. Pero ese diagnóstico aplica para Europa, no para el Perú, un país con cerca de 2.5 millones de agricultores y donde, aun en el siglo XXI, la industria no ha reemplazado a los sectores económicos tradicionales.

Tenemos un nuevo ministro de Desarrollo Agrario y Riego, Andrés Alencastre, cuyas credenciales académicas y experiencia parece que sí corresponden a las de un funcionario capaz de ejercer con éxito un cargo tan clave y más aún en las actuales circunstancias, la antesala a una posible crisis alimentaria mundial. Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.

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