
A pesar de las cuitas, reclamos absurdos y gritos destemplados, el candidato de Juntos por el Perú ha obtenido una votación soberbia: casi la mitad del electorado. Es un hecho objetivo. El 7 de junio los peruanos, a través de las urnas, expresamos nuestra voluntad y elegimos a un gobierno presidido por la Sra. Fujimori y a una oposición encabezada por el Sr. Sánchez. Ese ha sido el dictamen democrático del país. Y quienes nos adherimos a este régimen político de soberanía popular estamos moralmente obligados a cumplir con dicho mandato y respetar los resultados.
Hace mal el Sr. Sánchez cuando –sin argumentos o, peor aún, con falacias ridículas que dan lástima– desconoce atrabiliariamente la expresión comicial de la ciudadanía. En la medida en que más se desliza hacia un negacionismo sin sentido, más se evidencia su nulo compromiso democrático. Pone en duda su lealtad al sistema constitucional que –contra sus diatribas envilecedoras– paradójicamente le permite participar en la justa eleccionaria y casi alzarse con el triunfo. De insistir por ese camino quedará descalificado ética y políticamente, incluso por quienes votaron por él pensando que podía renunciar a los elementos antidemocráticos que lo acompañaban.
Lo que no entienden el Sr. Sánchez y su cúpula partidaria (porque en el fondo no son demócratas convencidos) es el rol de la oposición política en un Estado de Derecho constituido. No entra en su cabeza que es la contraparte indispensable del gobierno establecido. Que la dialéctica democrática exige una oposición que controle los actos gubernamentales, que exprese la voz de quienes están en desacuerdo, que frene a los gobernantes para que no cometan abusos ni excedan los marcos de la legalidad. En síntesis, la oposición democrática garantiza que el poder oficial no devenga en una dictadura de cualquier tipo.
¿Estarán el Sr. Sánchez y sus adláteres en condiciones de cumplir deberes tan importantes? ¡Ojalá, por el bien de la República! Mas no somos optimistas. Su ideario abomina de esta democracia, la realmente existente, y busca reemplazarla por otra: una “nueva democracia”. De ahí la propuesta de una “asamblea constituyente” que apruebe una Carta Política de un “Estado plurinacional”, contrario a nuestra República bicentenaria. Tal como hicieron Chávez y Morales en sus países, con todas sus deletéreas consecuencias.
Si no erramos, el Sr. Sánchez y los suyos, en vez de reagrupar a la izquierda, esgrimir una plataforma sensata y liderar a la oposición, involucionarán hacia una banda vocinglera y extremista, incapaz de comportarse en democracia. Su menú político será combinar demandas extravagantes con movilizaciones subversivas. Y por esa ruta perversa e infantil, al mismo tiempo, perderán la oportunidad de erigirse como una opción política válida y seria para asumir el gobierno en 2031.
(*) Abogado constitucionalista

