
En el puerto de Bari, al sur de Italia, existe una costumbre que sorprende a muchos visitantes: comer pescado crudo recién extraído del mar. En los pequeños mercados del casco antiguo, los pescadores ofrecen pulpo, erizos y mariscos que pasan prácticamente de la red al plato. A más de 11,000 kilómetros de distancia, en Piura, al norte del Perú, también existe una profunda cultura del pescado crudo. Sin embargo, allí el protagonista es el ceviche: pescado fresco transformado por el limón, el ají y la creatividad de generaciones enteras.
La materia prima es prácticamente la misma. El mar provee proteínas de calidad, frescura y tradición. Sin embargo, el resultado final es completamente distinto. En Bari, el producto busca preservar el sabor original del mar. En Piura, el pescado se convierte en algo nuevo gracias a la intervención de la gastronomía local. Dos lugares, una misma base y dos resultados diferentes.
Algo similar ocurre en el mundo empresarial. Con frecuencia observamos compañías que nacen con modelos de negocio parecidos, tecnologías semejantes e incluso equipos de gestión comparables. Sin embargo, mientras una prospera y se convierte en referente, la otra apenas sobrevive o desaparece.
La explicación muchas veces no está dentro de la empresa, sino fuera de ella. Pensemos en dos emprendedores que deciden desarrollar una empresa de energía renovable. Uno opera en un país con reglas claras, acceso a financiamiento de largo plazo, estabilidad regulatoria y una red eléctrica moderna. El otro enfrenta cambios permanentes en la normativa, dificultades para obtener crédito y procesos burocráticos interminables. Ambos pueden ser igualmente talentosos, pero sus probabilidades de éxito serán radicalmente distintas.
Lo mismo ocurre con la innovación. No es casualidad que ciertas regiones del mundo produzcan más empresas tecnológicas, más patentes o más capital de riesgo. Los ecosistemas generan círculos virtuosos que atraen talento, inversión y conocimiento. Cuando esos elementos se combinan, las empresas encuentran terreno fértil para crecer. Cuando faltan, incluso las mejores ideas pueden marchitarse.
Esta realidad debería llevarnos a reflexionar sobre cómo evaluamos el éxito empresarial. Con frecuencia atribuimos los resultados exclusivamente al mérito o a la capacidad de los líderes. Sin embargo, el contexto juega un papel decisivo. El emprendedor brillante en un entorno adverso puede lograr menos que uno simplemente competente en un ecosistema favorable.
La historia de Bari y Piura nos recuerda que una misma materia prima puede transformarse de maneras muy diferentes dependiendo del lugar donde se encuentre. En los negocios sucede exactamente igual. El capital, el talento y las ideas son apenas el punto de partida. Lo que termina definiendo el resultado es el entorno que los rodea.
Por ello, cuando analizamos una empresa, una inversión o incluso el desarrollo económico de un país, quizá la pregunta más importante no sea qué tan buena es la idea, sino dónde está intentando florecer. Porque, al final, el terreno suele ser tan importante como la semilla.
(*) Contador Público Colegiado y Máster en Banca y Finanzas.
