
La discusión política suele plantearse como una pelea entre izquierda y derecha, como si hubiera que escoger entre crecimiento económico o justicia social. Pero los países más exitosos del mundo muestran algo distinto: generan enorme riqueza privada y luego utilizan parte de ella para construir protección social eficiente.
Porque sin riqueza, no hay nada que redistribuir.
Los países nórdicos no destruyeron el capitalismo. Fortalecieron la propiedad privada, la inversión, la innovación y la productividad. Después utilizaron impuestos relativamente altos para financiar salud, educación e infraestructura.
Pero hay un detalle clave: bajos niveles de corrupción y alta eficiencia institucional.
No es lo mismo cobrar impuestos altos en países productivos y eficientes, que hacerlo en sistemas donde gran parte del dinero termina en burocracia, clientelismo o corrupción.
Ahí está una gran diferencia con buena parte de América Latina.
En teoría, una izquierda moderna podría limitarse a usar parte de la riqueza generada por el mercado para crear igualdad mínima de oportunidades y redes de protección social. El problema es que gran parte de la izquierda latinoamericana terminó expandiendo el Estado, aumentando burocracia, debilitando instituciones y desincentivando inversión y productividad.
Muchas políticas laborales, aunque nacieron para proteger al trabajador, terminaron aumentando informalidad y reduciendo competitividad. Cuando contratar se vuelve demasiado costoso o riesgoso, muchas empresas simplemente dejan de crecer.
El problema no parece ser “más Estado” o “menos Estado”, sino qué tan eficiente, técnico y honesto es ese Estado. Perú ofrece un ejemplo claro con la descentralización. Se transfirieron enormes recursos a regiones sin construir previamente capacidad técnica ni controles eficientes. El resultado fue, muchas veces, más corrupción, gasto desordenado y obras inútiles. Luego se culpa al “modelo económico” por problemas que en realidad son de gobernanza.
La experiencia internacional parece mostrar algo bastante simple: los países más exitosos combinan libertad económica, instituciones sólidas, baja corrupción y cierta capacidad redistributiva eficiente.
Ni el control absoluto del Estado ni la desaparición casi total del Estado parecen funcionar del todo.
La prosperidad sostenible no nace de destruir el mercado ni de asfixiar al empresario, sino de generar la mayor cantidad posible de riqueza, innovación y productividad, para luego utilizar parte de ella de manera eficiente en crear oportunidades reales para quienes menos tienen.
La verdadera pregunta ya no debería ser quién es más de izquierda o de derecha.
La verdadera pregunta debería ser: ¿qué países están logrando que su población viva mejor y tenga más oportunidades reales de progresar?
(*) Abogado
