
Efectivamente, ya acaba el 2025. Y el próximo 24 de febrero se cumplirán los cuatro años de la confrontación bélica más peligrosa de la posguerra fría. Nadie supuso tan larga duración. Menos aún, las consecuencias nefastas para el orden mundial. Y una paz que, con extraordinarios esfuerzos, estuvo vigente desde la última Gran Guerra (evitando que los estallidos militares escalasen por encima de sus originales focos regionales). Y lo más grave, pese a la voluntad y los intentos, no se vislumbra una pronta terminación de la guerra en Ucrania.
La paradoja del momento actual radica en que la decisión del principal actor del conflicto, los EE. UU., por concluirlo, no logra imponerse al cúmulo de intereses y razones que concurrieron para provocarlo. Causa sorpresa que los acuerdos con la Federación Rusa no se cristalicen cuando parecían cercanos. Increíblemente, el gobierno de Kiev, los aliados de la OTAN, los halcones estadounidenses (neoconservadores y demócratas), así como su complejo industrial-militar, se resisten con frenesí.
El ascenso de Donald Trump al poder cambió las tornas. De la entusiasta “guerra de Biden” se pasó a criticarla y a desatenderse por no sentirla suya. Pero el flamante presidente no devino pacifista y su proyecto Make America Great Again requiere entendimiento comercial y político con Rusia. Solo así se reequilibrará la balanza del poder planetario. Habrá que contener a China, percibida como su amenaza inmediata. Y todo ello requiere un universo pacificado.
Por otro lado, el examen objetivo de la guerra revela la derrota absoluta de Ucrania. Contra los pronósticos de otrora, Moscú vuelve a ser una gran potencia y Putin un dirigente de talla mundial. Pragmáticamente reconoce las correlaciones de fuerza reales y que debe negociar con ellas.
Ajeno a las hipotecas del globalismo neoliberal, Trump no se compromete con la aventura de Kiev. Ni respeta a Zelenski y sus bribones ni participa de las alucinaciones de Bruselas (UE-OTAN). Está dispuesto a cortar el financiamiento dispendioso de una guerra inútil, que solo ha favorecido a las mafias ucranianas.
Sin embargo, su propósito choca contra una muralla pestilente de apetitos subalternos. Son los que no admiten errores para sostener su alicaído prestigio. Los que se aferran a las ganancias ilícitas que fluyen de un poder espurio. Los que viven anclados en la Guerra Fría. Y los que engordan sin cesar por la producción y el comercio de armas. Desde sus posiciones –aunque corroídas y debilitadas– sabotean con maña los planes de EE. UU. y Rusia para el fin de la guerra. Starmer del Reino Unido, Macron de Francia, Merz de Alemania, más Úrsula von der Leyen, capitoste de la Unión Europea, conforman la demencial “banda de los cuatro” que nos aproxima a una hecatombe nuclear.
(*) Abogado constitucionalista
