
El reciente discurso del embajador de los Estados Unidos en el Perú, Bernie Navarro, nos invita a una profunda reflexión que trasciende el protocolo. Al conmemorar conjuntamente el 250.º aniversario de la independencia de su país y el bicentenario de nuestras relaciones diplomáticas bilaterales, el mensaje central fue de una vigencia absoluta: la reafirmación de una alianza estratégica basada en la cooperación, el desarrollo mutuo y, sobre todo, una visión geopolítica clara donde “los Estados Unidos primero no significa Estados Unidos solo”.
Mirar al pasado nos ayuda a entender el presente. Desde que el Perú y Estados Unidos iniciaron su amistad oficial en 1826, ambas naciones han caminado juntas. El presidente John Quincy Adams designó oficialmente a James Cooley el 2 de mayo de 1826 como el primer jefe de misión oficial de EE. UU. en el Perú; lo que empezó como un acuerdo de comercio y paz en el siglo XIX pronto se convirtió en un lazo mucho más profundo.
Estados Unidos no solo ha sido un socio comercial, sino un aliado clave para nuestra tranquilidad. Su apoyo como mediador fue decisivo en momentos históricos como el regreso de Tacna en 1929 y la paz de 1942. Además, su cooperación constante ha sido un motor silencioso para modernizar nuestras Fuerzas Armadas y mejorar sectores esenciales para los peruanos, como la educación, la agricultura y la salud.
Sin embargo, en el ADN de esta relación bilateral existe un componente que hoy resulta más indispensable que nunca: el profundo respeto por la democracia y la libertad. En un escenario global y vecinal donde las instituciones suelen tambalear, el ejemplo de los Estados Unidos —erigido sobre la base de la separación de poderes, los derechos civiles y el Estado de derecho— debe seguir siendo el faro y el norte para democracias en desarrollo como la nuestra. El apoyo norteamericano en las décadas de los ochenta y noventa en materia de derechos humanos y defensa institucional es testimonio de que compartimos ese destino común de libertad.
Hoy, los desafíos se han transformado, pero la necesidad de trabajar en conjunto permanece intacta. El Tratado de Libre Comercio, vigente desde 2009, ha consolidado a la potencia norteamericana como nuestro tercer cliente comercial, dinamizando sectores clave como la agroexportación y el sector textil. Pero, tal como apuntó el embajador Navarro, las perspectivas futuras nos abren las puertas a una nueva era tecnológica y estratégica: el desarrollo de minerales críticos, la modernización de la Base Naval del Callao y la ambiciosa construcción de una Base Espacial en Talara.
En conclusión, la relación entre el Perú y los Estados Unidos es la prueba fehaciente de que el progreso económico es inseparable de los valores democráticos. Mirar el ejemplo de resiliencia institucional de los Estados Unidos nos debe servir de inspiración y guía para fortalecer nuestras propias instituciones. El espíritu de trabajo y el deseo de superación del ciudadano peruano, elogiados por el propio embajador, encuentran su mejor aliado en un socio que cree, defiende y practica la libertad. En este bicentenario de hermandad, el camino está trazado; nos toca a nosotros seguir recorriéndolo con firmeza y convicción democrática.
(*) Abogado. Con estudios de especialización en Gestión Pública, Dirección y Planeamiento Estratégico.
