
Más del 50%, así sea el 50.1%, o por un voto, expresan una voluntad política que debe ser respetada. El pueblo peruano habló. No habló desde el miedo, habló desde la memoria. Habló después de haber visto violencia, anarquía, pobreza, corrupción, improvisación y amenaza permanente contra el Estado de derecho. No se trata solo de dos candidatos. Se trata de dos caminos. Democracia o incertidumbre. Inversión o parálisis. Libertad o sometimiento ideológico. Paz social o violencia callejera. El Perú que trabaja, que madruga, que siembra, que emprende, que abre su negocio, que paga planillas, que transporta mercadería y que educa a sus hijos no quiere aventuras. Quiere orden, empleo, seguridad y futuro. Quiere democracia.
Desde el año 2011, el país perdió velocidad. Se enfrió la inversión, se debilitaron las instituciones y se dejó crecer nuevamente la pobreza. Según cifras oficiales del INEI, en el 2024 la pobreza monetaria alcanzó al 27.6% de la población, es decir, 9 millones 395 mil peruanos. En el 2025 bajó a 25.7%, pero todavía hablamos de millones de compatriotas pobres. La pobreza extrema llegó a 4.7%. ¿Esa tragedia se combate con gritos? No. Se combate con trabajo, inversión, agua, desagüe, titulación, hospitales, escuelas, seguridad y obras. Por eso pesan los proyectos dormidos: Chavimochic, Majes Siguas II, Alto Piura, Chinecas, el Proyecto Especial Lago Titicaca y tantos otros. Cuando esos proyectos no avanzan, se deteriora la agricultura, se debilita la agroexportación, se pierden divisas y se golpea al agricultor. El sur no necesita más discursos.
Necesita titulación, carreteras, agua, desagüe, hospitales, colegios y capacitación docente. Necesita Estado, sí. Pero un Estado que ejecute. No un Estado que prometa, fracase y luego culpe al mercado. El Perú ya no está para crecer 3.3% o 3.5% y celebrarlo como hazaña. El Perú debe volver a pensar en grande. Crecer 7% u 8% es posible si hay Constitución, independencia de poderes, respeto a los contratos, seguridad jurídica y confianza. Sin inversión privada nacional y extranjera no hay empleo. Sin empleo no hay pan. Y sin pan no hay libertad verdadera. Hay que decirlo sin rodeos. El pueblo no olvidó a Vizcarra. No olvidó la cuarentena improvisada, el encierro sin estrategia, la economía golpeada, las pruebas cuestionadas, el sistema sanitario colapsado y los muertos. Estudios sobre el impacto de la pandemia estimaron más de 183 mil muertes en exceso entre el 2020 y el 2021. Esa cifra no es estadística fría. Es dolor nacional. Tampoco se olvida la justicia usada como arma política. Fiscalía mediatizada, prisión preventiva como espectáculo, adversarios perseguidos y fiscales opinando como candidatos. José Domingo Pérez ha demostrado, una y otra vez, una actuación pública más cercana a la campaña que a la sobriedad fiscal. Si ganaba la izquierda radical, esa politización no se corregía. Se profundizaba.
La corrupción de Toledo, de Susana Villarán y de tantos falsos moralistas terminó por abrir los ojos del país. Hablaron de decencia y terminaron manchados. Hablaron del pueblo y dejaron más pobreza. Hablaron de justicia y quisieron capturarla. La izquierda debe existir. Claro que sí. Pero una izquierda democrática, moderna, dialogante, institucional. No una izquierda anarquista, violentista, enemiga de la inversión y de la propiedad. Hasta China entendió que sin mercado no hay potencia posible porque nadie sale de la pobreza espantando la inversión. La lucha no es contra nosotros mismos, la lucha es contra la pobreza. El Perú ha despertado y la democracia se abrió paso frente a proyectos que han demostrado ser empobrecedores. Ahora toca gobernar con coraje, sin venganza, pero sin temblar.
(*) Exministro de Transportes y Comunicaciones
* La Dirección periodística no se responsabiliza por los artículos firmados

