Opinión

Premio y castigo

Por: Ántero Flores-Aráoz Esparza

Desde tiempo inmemorial existe el binomio “premio-castigo”, comenzando desde el hogar respecto al comportamiento de los hijos. Si sus conductas eran aceptables, pues recibían premios, pero si sus actitudes, llevadas hasta acciones, eran deficientes, evidentemente había castigos.

Los premios no eran importantes, pero sí significativos, pues en la práctica constituían el aplauso deseado por la buena obra, el que podría materializarse en más tiempo para ver televisión, comer un rico postre o recibir la deseada golosina o utilizar tiempo adicional para el deporte sabatino.

En lo que se refiere a los castigos, era muy similar, pues si habías desobedecido las órdenes de los padres, te podían quitar las horas de distracción o de deportes preferidos, como también no entregarte las golosinas de tu preferencia.

En la escuela el asunto era más que similar. Si te comportabas bien, el premio podía ser la extensión del recreo; pero si tu actitud de alumno era poco afable, incluso agresiva, por supuesto venía el castigo, que podría ser la extensión horaria en la escuela, el recitar de memoria un poema o pasar más tiempo en labores extracurriculares, como era antiguamente la catequesis.

Recuerdo a mi hermano Gerardo en el Colegio La Salle de Lima, pasearse de clase en clase, tanto de primaria como de secundaria, recitando “La vaquera de la Finojosa”, compuesta en el siglo XV por Íñigo López de Mendoza.

El incumplimiento de órdenes en las FF.AA. y Policiales también conlleva castigo, como son más horas de resguardo en cuarteles y otras instalaciones defensivas, como también ejercicios físicos que requieren de más entrenamiento.

En el trabajo sucede lo mismo. Si haces bien las cosas, es posible que te aumenten la remuneración, sea ella sueldo o salario, pero si te portas mal no habrá ascenso y figurarás en la lista de quienes no lo merecen.

El binomio al que tantas veces nos hemos referido en esta nota fue perdiendo valor y quedando fuera de costumbre. Peor aún, comenzaron a prosperar ideologías adversas a las buenas prácticas educacionales y a aceptarse que los estudiantes se hagan tatuajes en el cuerpo, principalmente brazos y piernas; que las estudiantes se embadurnen la cara con cuanto maquillaje de mal gusto y calidad encuentran, pero también haciéndose pintar el cabello con colores espantosamente violentos; y los jóvenes alumnos con cabelleras que no pasan meses y meses por algún peluquero.

Las alumnas parecen unas revejidas, esto es, siendo jóvenes, aparentan muchísima mayor edad, pero, insisto, sumamente con mal gusto, en perpetuo Halloween.

Gracias a que tenemos un excelente ministro de Educación, José Antonio Chang, se ha pasado de la mejoría en la infraestructura educativa del segundo gobierno de Alan García a lo que es la educación propiamente dicha y ha anunciado reformas profundas, no solamente en cuanto a los libros y material formativo, sino en lo que es la disciplina escolar, regresando a la instauración del castigo frente a la indisciplina.

Le pese a quien le pese, se tiene que regresar a la disciplina, pues el mal comportamiento atenta contra la calidad educativa, desmerece al centro de estudios y atenta contra el prestigio de los maestros, que tienen que hacer sus labores con los padres de familia.

Si dejamos que en la escuela los estudiantes hagan lo que les da la real gana, también lo harán en el hogar y más tarde en sus centros de labores. ¡Basta de indisciplina y respaldemos al buen ministro de Educación!

(*) Expresidente del Consejo de Ministros

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