
A raíz de la pausa que inexorablemente impone la Semana Santa, dejaremos por el momento las reflexiones sobre el curso electoral. Vamos a prestar atención al volcán de tensiones que, como nunca, amenaza la escena internacional tras el fin de la Guerra Fría. Estar absortos por las sorpresas que nos endilgará el 12 de abril no justifica abstraernos de lo que ocurre en el entorno mundial. Especialmente por la gravedad insólita que acusa. Podría acarrear consecuencias nefastas para la humanidad. Y, claro está, para nuestras propias vidas.
Ni la caída del Muro de Berlín ni la implosión de la URSS nos acercan a ese “Fin de la historia” que pronosticó Fukuyama en 1989. Aunque sí alumbró una época de crecimiento económico internacional, que Joseph Stiglitz intituló: “Los felices 90”. No repasaremos lo acontecido durante las últimas décadas. Partiremos del conflicto actual: del 28 de febrero, cuando la aviación de Israel y EE. UU. atacó a Irán estando en trámite negociaciones en Ginebra y Omán. Cuando se asesinó a su líder espiritual, el ayatolá Alí Jamenei, entre otros estragos. Cuarenta días después se ha desatado una guerra que compromete a todo el Golfo Pérsico y cuyo fin no se avizora.
Objetivamente, un resultado no previsto. Sucede con frecuencia cuando la diplomacia es desplazada por la mera fuerza militar. Un señuelo de efectividad que es un espejismo engañoso.
Con jactancia, el presidente norteamericano afirmó que la confrontación era cuestión de días. Que Irán estaba derrotado y que la población cambiaría el régimen teocrático. Que “el mundo sería más seguro”, pues los objetivos militares estaban cumplidos. Fue la propia realidad la encargada de que Trump se tragara sus palabras. Mostrando una formidable resiliencia, los iraníes han respondido con andanadas de drones y misiles sobre las urbes israelitas. La flota estadounidense ha debido replegarse. Pero más que eso: el alto mando iraní ha incendiado la región al destruir las bases americanas de los emiratos del Golfo. El conflicto no concluye, como se dijo. Tiende a expandirse peligrosamente, afectando múltiples intereses.
Consecuencia de la agresión a un país soberano que viola la Carta de la ONU y el derecho internacional, tenemos una crisis económica feroz; gigante en sus más elementales proyecciones. Está latente que el barril de petróleo se dispare a US$ 200 debido al bloqueo del Estrecho de Ormuz. Que se genere desabastecimiento energético y el incremento de su valor por todo el orbe.
Entrampado Trump, el que prometió acabar con las guerras, se vería obligado a ordenar el desembarco de tropas. Invadir a la antigua Persia. Este lunes 6 vence su nuevo plazo. Y si el ultimátum no amedrenta a los iraníes o los norteamericanos no reculan, diremos como el historiador Max Hastings para la II Guerra: “Se desataron todos los infiernos”.
(*) Abogado constitucionalista

