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Medio Oriente: una región marcada por la religión y la política

Costumbres culturales también se contraponen para dar lugar a tensiones y conflictos en 17 países

El Medio Oriente, conformado por 17 países, es un vasto mosaico donde la fe, la política y las costumbres culturales se entrelazan en un complejo entramado que ha marcado la historia de la región. Esta interacción ha sido fuente de riqueza cultural, pero también de tensiones y conflictos, como el que enfrenta a Israel con Irán. Israel, con el judaísmo como religión mayoritaria, alberga también comunidades musulmanas —principalmente sunitas—, cristianas y drusas. Irán, por su parte, tiene como religión oficial el islam chiita, aunque su Constitución reconoce minorías sunitas, cristianas, judías y zoroastrianas. 

Estas diferencias religiosas y culturales han influido en la política y en las relaciones internacionales de ambos países. El sionismo, surgido en el siglo XIX, fue un movimiento político que buscó el retorno del pueblo judío a su tierra ancestral y la creación del Estado de Israel en 1948. Este hecho generó tensiones con los pueblos árabes y sigue siendo el eje central en los conflictos regionales. El islam sunita, rama mayoritaria que representa entre el 85% y 90% de los musulmanes (1,800 millones), se basa en la Sunna —las tradiciones del profeta Mahoma— y reconoce a los primeros cuatro califas como legítimos sucesores. 

En contraste, el islam chiita, que agrupa alrededor del 10% de los musulmanes (unos 200 millones), sostiene que el liderazgo debía recaer en al-Sistani, primo y yerno de Mahoma. Esta división, surgida en el año 632, ha marcado la política de países como Irán, Irak, Líbano y Baréin. El judaísmo, por su parte, es tanto una religión como una identidad cultural y étnica. Los judíos se definen como descendientes de los antiguos israelitas, y aunque no todos son religiosos, Israel se identifica con esta tradición como parte de su esencia nacional. 

En el Medio Oriente, las creencias religiosas no se limitan al ámbito espiritual: se convierten en factores de poder, identidad y legitimidad política.

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