Opinión

Los políticos y la oratoria

Por: Martín Valdivia Rodríguez

Escuchando las primeras palabras del nuevo ministro de Educación, Rosendo Serna Román, confirmamos que la oratoria no es el fuerte de este gobierno. Los políticos de las nuevas hornadas que sepan expresarse con claridad y elocuencia son contados con los dedos de las manos. En realidad, el buen hablar no es garantía de eficiencia ni honradez, pero dice mucho de un funcionario, de su preparación, de sus conocimientos y sus criterios.

“Hay que garantizar el derecho a la educación y una forma de conseguirlas es, justamente, trabajando para que las condiciones sean óptimas (…)”, expresó Rosendo Serna, el flamante titular del Minedu luego de jurar al cargo. Para esta frase, al decir “conseguirlas” se está cometiendo error de conjugación verbal, pues el género (el derecho no es femenino) y número (tampoco es plural) no son correctos.

Si el nuevo ministro de Educación, que es un profesor universitario, un académico, comete estos errores gramaticales al construir una simple oración, ¿qué podemos esperar de los políticos que tienen poca a nula relación con el campo intelectual?

Repetimos, “hablar bonito” no es garantía de suficiencia profesional ni prueba fehaciente de honestidad y calidad moral. Hemos visto a varios políticos que son tremendos oradores, maestros del verbo florido, pero en el fondo eran “pura boca” y sus gestiones terminaron siendo un desastre y manchadas por la corrupción. O ambas cosas a la vez, lo que es peor.

Sin embargo un político sí debe preocuparse por comunicar de la mejor manera posible. Según la Real Academia, “oratoria es el arte de expresarse con elocuencia”. Y elocuencia es la facultad de hablar bien, con fluidez, propiedad y de manera efectiva para convencer a quien escucha. En otras palabras, es saber comunicar, hacer que el auditorio entienda claramente el mensaje que se le está transmitiendo.

Desde Grecia antigua, cuando Aristóteles creó la famosa escuela de oratoria en Atenas, hablar bien ha sido considerado un instrumento de prestigio y poder. Hasta hoy, en pleno siglo XXI, los discursos Catilinarias y Las Filípicas, de Marco Tulio Cicerón, considerado uno de los más grandes retóricos y estilistas de la prosa en latín de la República romana, son tomados como ejemplos del buen decir en las academias de oratoria. Les haría bien a nuestros políticos de hoy, entonces, esforzarse por dominar, al menos en un nivel básico, este interesante arte de la palabra. Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.

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