Opinión

La tecnología que revolucionó la agricultura peruana

Por: Fernando Cillóniz Benavides

Yo nací en 1950, en pleno auge de la llamada “Revolución Verde”. A ese respecto, la “Revolución Verde” pasó sobre mí sin que yo me diera cuenta. Efectivamente, cuando se es niño, uno da por hecho cosas que suceden a su alrededor sin prestarles la debida atención. Y mi alrededor, en ese entonces, era ese paraíso terrenal llamado Hacienda San José, El Carmen, Chincha. ¡Cuna de campeones!

La “Revolución Verde” se basó en el desarrollo de semillas resistentes a climas extremos y a plagas, en la mecanización de faenas agrícolas y en el uso de fertilizantes y plaguicidas, lo cual propició una significativa elevación de los rendimientos productivos de la agricultura a nivel mundial.

Lamentablemente para nuestro país, la “Revolución Verde” se truncó en el año 1969 por la malhadada Reforma Agraria de Velasco, la cual devino en las terribles “décadas perdidas” de los años 70 y 80: ¡veinte años interminables de des- trucción y pauperización del agro peruano! ¡Veinte años eternos de precariedad y empobrecimiento de campesinos y trabajadores del campo!

Después de la “Revolución Verde”, cuando nuestro país estaba en plena Reforma Agraria, vino la “revolución del fertirriego”, la cual se desarrolló principalmente en los desiertos de Israel.

Pocos años después, gracias a que Dios es peruano, la Reforma Agraria de Velasco murió. Y a partir de los 90, el Perú retomó su vocación agrícola y empezó lo que hoy se conoce en todo el mundo como el milagro agrícola peruano. Bueno, pues si la “Revolución Verde” duplicó o triplicó la productividad de la agricultura algodonera, azucarera y cerealera a nivel mundial, la “revolución del fertirriego” la quintuplicó, y más.

Pero ahí no acabó el desarrollo tecnológico en el agro peruano. Los productores actuales de arándanos y uvas de mesa del Perú tenemos mucho que decir al respecto. Me refiero a la recientísima “revolución genética vegetal”. Variedades de arándanos y uvas de mesa, y otros cultivos también, que producen más, cuestan menos, duran más, son más bonitas, son más sabrosas, son más crocantes, valen mucho más.

Por otro lado, el Perú también le debe mu- cho a las nuevas generaciones de agricultores peruanos, jóvenes brillantes, que están gestionando con gran acierto los estupendos campos de arándanos, uvas de mesa y otros cultivos.

Por último, valgan verdades, la agricultura moderna del Perú también le debe mucho al SENASA (el Servicio Nacional de Sanidad Agraria del Perú), por la gran labor desplegada en mantener la sanidad e inocuidad de nuestra producción agrícola, sobre todo de las frutas y hortalizas de exportación.

Y qué decir de la digitalización y automatización en nuestra agricultura moderna: sistemas satelitales de teledetección; drones que aplican nutrientes y agroquímicos; tractores a control remoto; estaciones meteorológicas y sensores de humedad bajo tierra que activan automáticamente sistemas de fertirriego; sensores de color para la selección y empacado de frutas; robótica e inteligencia artificial para todo tipo de faenas agrícolas. ¡Cómo que la agricultura no requiere lo último en materia de tecnología!

Bueno, pues gracias a todo ello, a la “Revolución Verde”, a la “revolución del fer- tirriego”, a la “revolución genética vegetal”, a la “revolución digital”, al SENASA y a nuestros brillantes agricultores modernos, el Perú se ha posicionado como líder indiscutible de las exportaciones mundiales de arándanos, uvas de mesa, paltas, espárragos y demás.

A ese respecto, salvo los envidiosos y amargados de siempre, muchos peruanos y extranjeros estamos encantados por ello: empresarios, productores, trabajadores, investigadores, proveedores, distribuidores y consumidores. ¡Un aplauso para todos ellos!

(*) Exgobernador regional de Ica

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