Keiko, no escuches los cantos de sirena de los caviares para asaltar el poder
Por: Luciano Revoredo

Asistimos a una puesta en escena perfectamente coordinada por los sectores que se autodenominan el faro moral del país: la izquierda caviar y el progresismo tradicional. El libreto actual es tan predecible como peligroso. Bajo las banderas de una supuesta “reconciliación nacional” y la aparente “salvaguarda de la institucionalidad” se esconde una estrategia de presión política cuyo único fin es maniatar a la gestión de la presidenta electa y recuperar, por la vía de la presión mediática, el poder que las urnas les negaron.
En las últimas semanas, los reflectores se han volcado sobre Jorge Nieto Montesinos, exministro y permanente operador ideológico de izquierda, quien ha desplegado una intensa campaña en los medios de comunicación. Su tesis central suena atractiva para los incautos: sostiene que, en aras del equilibrio de poderes, las presidencias de las nuevas cámaras de Senadores y Diputados no pueden estar en manos del partido de gobierno, sino que deben recaer obligatoriamente en la oposición.
Frente a este argumento, la pregunta surge de manera natural e inevitable: ¿si en su momento hubiera ganado un candidato rojo, Nieto Montesinos habría salido con la misma vehemencia a exigir que el Senado o la Cámara de Diputados fueran presididos por agrupaciones de oposición como Renovación Popular o Fuerza Popular? La respuesta la conocemos todos: jamás. Si la izquierda gobernara, los caviares justificarían la hegemonía total del Congreso bajo el pretexto de garantizar la “gobernabilidad” y viabilizar los “cambios sociales” que el país supuestamente necesita. Por su parte, López Chau, otro fracasado político, coincide en pedir que la oposición maneje el Congreso. Esta flagrante doble vara expone la verdadera naturaleza de estos personajes.
No defienden principios democráticos ni el equilibrio institucional; defienden su propia cuota de poder. Cuando la izquierda pierde, el Parlamento debe ser su trinchera para bloquear y sabotear; cuando la izquierda gana, cualquier control legislativo es tildado de “obstruccionismo derechista”. Es el juego de la impunidad y la manipulación más obvia.
El trasfondo de esta maniobra va mucho más allá del control de las mesas directivas del Legislativo. El verdadero peligro de ceder ante estos cantos de sirena es la agenda oculta que los acompaña. Bajo el manto de esa falsa “reconciliación” que promueven sectores progresistas aliados como Carlos Bruce, un falso derechista que hoy parece más preocupado por tenderle puentes a su viejo amigo Alejandro Toledo, se busca normalizar la impunidad. Nos quieren vender la idea de que la paz social del Perú pasa por liberar a golpistas que atentaron contra la democracia, como Pedro Castillo, o a corruptos encarcelados, como Alejandro Toledo.
La estrategia caviar busca acorralar al nuevo Ejecutivo: presionarlo para que entregue el control de las cámaras legislativas a la oposición que ellos controlan, debilitar la firmeza de la justicia para favorecer a sus aliados en prisión y reinstaurar la narrativa de que el Perú solo puede ser gobernado bajo sus condiciones. Los antecedentes históricos de estos actores, plasmados en memorables postales del pasado donde se confunden marchas, ideologías radicales y complicidades políticas, demuestran que su lealtad no es con el país, sino con sus agendas particulares.
El ciudadano no puede pecar de ingenuo ni dejarse seducir por discursos edulcorados en la televisión. Ceder el manejo del Senado y de la Cámara de Diputados a los dictados de la caviarada no es garantizar la democracia; es obsequiarles las herramientas para capturar el Estado desde las sombras. La verdadera reconciliación nacional no se construye liberando a quienes saquearon el país ni sometiendo las instituciones a la doble moral de la izquierda radical.
(*) Analista político

