Opinión

Essalud: es hora de convertir el seguro social en un verdadero seguro de salud

Por: Emilio Rossi Ferreyros

Cada mes, millones de trabajadores peruanos financian obligatoriamente el Seguro Social de Salud. Los empleadores aportan el 9% de la remuneración de cada trabajador formal a EsSalud, lo que convierte a esta institución en una de las entidades que administran más recursos del país. Sin embargo, la experiencia cotidiana de los asegurados dista mucho de reflejar esa fortaleza financiera: conseguir una cita con un especialista puede tomar meses, las cirugías suelen acumular largas listas de espera y, en muchos casos, los pacientes terminan pagando una clínica privada para recibir una atención oportuna.

La explicación no parece estar en la falta de dinero, sino en el diseño del sistema. EsSalud nació como un seguro social, pero con el tiempo terminó asumiendo demasiadas funciones. No solo administra el fondo de aseguramiento, sino que también es propietaria de hospitales, administra la infraestructura, contrata al personal médico, compra medicamentos y presta directamente los servicios de salud.

Esta concentración de funciones ha generado una pesada estructura burocrática, con pocos incentivos para mejorar la eficiencia. A diferencia de cualquier aseguradora moderna, el afiliado no puede elegir otro sistema ni trasladar su aporte. El financiamiento está garantizado por ley, independientemente de la calidad del servicio que recibe el asegurado.

La paradoja se hace aún más evidente cuando se observa que miles de trabajadores, además de aportar obligatoriamente a EsSalud, contratan un seguro privado o una EPS para poder acceder a una atención más rápida. Es decir, terminan financiando dos sistemas de salud al mismo tiempo: uno por obligación y otro por necesidad.

Frente a esta realidad, el debate debería dejar de centrarse en si hace falta más presupuesto y empezar a preguntarse cómo utilizar mejor los recursos que ya existen. Una alternativa sería transformar a EsSalud en un verdadero seguro de salud, concentrando su función en administrar el fondo y financiar las prestaciones médicas, en lugar de seguir operando directamente toda la red hospitalaria.

Bajo este esquema, los hospitales de EsSalud podrían convertirse en establecimientos con gestión autónoma o administrados mediante asociaciones público-privadas, mientras que el seguro contrataría servicios tanto con hospitales públicos como con clínicas privadas que cumplan estándares de calidad y tarifas previamente establecidas. El asegurado tendría la posibilidad de elegir dónde atenderse, y EsSalud pagaría por esa atención.

Este modelo no representa una privatización de la salud. El financiamiento seguiría siendo público y solidario. Lo que cambiaría sería la forma de utilizar esos recursos para ofrecer un mejor servicio. De hecho, varios países han separado con éxito las funciones de aseguramiento y prestación de servicios, permitiendo que instituciones públicas y privadas compitan por brindar una atención de mayor calidad bajo una estricta regulación estatal.

El verdadero problema de EsSalud no parece ser la escasez de recursos, sino un modelo institucional que ha dejado de responder a las necesidades de los ciudadanos. El objetivo de una reforma no debe ser defender una burocracia, sino garantizar que cada sol aportado por los trabajadores se traduzca en una atención médica digna, oportuna y de calidad.

Al final, la pregunta es sencilla: si EsSalud es un seguro social, ¿por qué no hacerlo funcionar como un verdadero seguro? Quizá ha llegado el momento de poner al paciente en el centro del sistema y permitir que los recursos públicos financien la mejor atención posible, independientemente de quién la preste.

(*) Abogado

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