
El Perú se encamina hacia las elecciones generales de 2026 envuelto en una parodia de democracia que, lejos de fortalecer el sistema político, lo degrada. A la fecha, ya se habrían inscrito 44 partidos políticos, cada uno con su respectivo candidato presidencial, y un ejército de aspirantes al Congreso bicameral que, en conjunto, roza el medio millón de postulaciones; ¿Puede tomarse en serio una democracia que admite este nivel de fragmentación y delirio personalista? Estamos ante una grotesca inflación electoral que no responde a la pluralidad de ideas ni a la riqueza del debate democrático, sino al oportunismo crudo de caudillos sin pueblo, de agrupaciones sin ideología y de candidaturas sin destino. El sistema político peruano —si aún cabe ese nombre— ha sido capturado por el afán de figuración, por la ilusión del poder como empresa propia, y por una debilidad institucional que permite que cualquier aventura electoral tenga cabida, por más improvisada o irrelevante que sea.
El 2 de agosto vence el plazo para la inscripción de alianzas ante el Jurado Nacional de Elecciones, mientras que aún no se han presentado oficialmente alianzas, y se anuncian al menos cuatro pactos involucrando a nueve partidos. Pero no podemos engañarnos: muchas de estas supuestas uniones no nacen de la afinidad programática ni de la necesidad de construir consensos nacionales, sino de la desesperación compartida por superar la valla y así evitar la desaparición del registro electoral.
Quien fuera ministro de Economía, Carlos Boloña en los 90, con su recordada contundencia, decía que “dos muertos no hacen un vivo” cuando se oponía a fusionar empresas estatales en quiebra para evitar su privatización. Hoy, esa frase resuena con especial fuerza frente a las alianzas políticas que se gestan en la sombra, cuando dos, tres o cuatro partidos sin representación real, sin credibilidad y sin propuesta no pueden dar origen a una alternativa viable; solo generan una estructura mas grande que abre la puerta a la anarquía.
La democracia no es solo el número de opciones que ofrece un menú electoral, sino la calidad misma de esas opciones. Lo que hoy tenemos en el Perú no es diversidad política, sino dispersión irresponsable; no es participación ciudadana, sino saturación oportunista; y lo que se gesta de cara al 2026 no es un proceso electoral, sino un desfile de candidaturas sin arraigo, sin sustancia y sin proyecto de país.
El Perú necesita menos partidos y más visión; menos listas y más liderazgo; menos marketing y más verdad. De lo contrario, lo único que nos espera es una nueva crisis con nombre propio y sin salida posible, porque en política como en economía, “Dos muertos no hacen un vivo”.
(*) Exdirector Nacional de Inteligencia (DINI).
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