Opinión

Dos maneras de mirar el país: de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo

Por: Emilio Rossi Ferreyros

En medio de la inseguridad, la informalidad y la creciente sensación de que las instituciones no responden al ciudadano, el Perú busca respuestas urgentes. Sin embargo, detrás de cada propuesta, de cada reforma y de cada debate público, existe una diferencia mucho más profunda: la manera en que entendemos cómo se construye una sociedad.

Hay una visión que entiende al país de abajo hacia arriba. Parte de una idea sencilla, pero decisiva: el Perú no comienza en el Estado, sino en las personas, en la familia, en el barrio, en la comunidad, en el pequeño negocio, en la empresa y en las costumbres que la sociedad ha ido formando con el paso del tiempo. Desde esta perspectiva, el orden social nace en la base. Primero está la persona; luego las instituciones que construye junto a otros; y solo después aparece el Estado como mecanismo para proteger, ordenar y dar estabilidad.

La sociedad, en esta lógica, precede a la política.

La confianza entre ciudadanos, la cultura del trabajo, la responsabilidad individual, el respeto por la ley y la iniciativa privada no son realidades que surgen por decreto. Son construcciones lentas, fruto de la experiencia, de la historia y de la interacción cotidiana entre millones de personas. Por ello, esta mirada observa con cautela los proyectos que pretenden reorganizar la vida nacional exclusivamente desde el poder. Cuando se intenta rediseñar desde arriba aquello que la sociedad ha construido orgánicamente, el riesgo no es solo la ineficiencia, sino también el debilitamiento del tejido institucional que sostiene la convivencia.

Existe, sin embargo, otra forma de entender el país. Desde esta perspectiva, muchas de las desigualdades, exclusiones y brechas que persisten en la sociedad no pueden corregirse únicamente a través de su funcionamiento natural. Por ello, la política y el Estado asumen un papel más activo como instrumentos de transformación.

Aquí la lógica suele operar de arriba hacia abajo: primero se modifican las reglas, luego las estructuras y finalmente se espera que esos cambios transformen la vida de las personas. La premisa es que la sociedad, por sí sola, no siempre corrige sus propias fallas e incluso puede reproducirlas, por lo que la intervención pública aparece como mecanismo de corrección y equilibrio.

Esta diferencia se refleja con claridad en la economía. La mirada de abajo hacia arriba entiende que la riqueza se construye cuando millones de personas deciden trabajar, emprender, invertir, innovar y ahorrar. Desde el comerciante de barrio hasta la gran empresa, el crecimiento surge de la suma de esfuerzos individuales y colectivos.

La prosperidad no se decreta; se construye. Hoy, cuando el Perú parece buscar respuestas inmediatas frente a la inseguridad, la precariedad económica y la desconfianza institucional, vale la pena volver a la pregunta esencial: ¿desde dónde queremos reconstruir el país?

¿Desde la vida real de las personas hacia las instituciones? ¿O desde las instituciones hacia la vida de las personas?

Dicho de manera simple, si queremos un Perú construido de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo.

Porque, al final, la forma en que respondamos esa pregunta definirá no solo nuestro modelo político y económico, sino también la manera en que entendemos la libertad, la responsabilidad y el futuro nacional.

(*) Abogado

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