Después de Musk: la pregunta ya no es la desigualdad, sino el sistema económico del futuro
Por: Emilio Rossi Ferreyros

Cada cierto tiempo reaparece el debate sobre la desigualdad. Hoy vuelve a cobrar fuerza cuando observamos fortunas que alcanzan dimensiones difíciles de imaginar. Una sola persona puede llegar a acumular una riqueza superior al producto anual de muchos países.
Sin embargo, quizá estamos formulando mal la pregunta.
La desigualdad no es una anomalía. Es una característica natural de la condición humana. Las personas son diferentes en talento, esfuerzo, creatividad, disciplina, ambición y capacidad para asumir riesgos. Siempre habrá quienes produzcan más valor que otros y, por tanto, acumulen más riqueza.
La verdadera pregunta no es por qué algunas personas tienen más. La verdadera pregunta es si quienes tienen menos pueden vivir bien.
Durante los últimos dos siglos, el capitalismo ha demostrado ser el sistema más exitoso para generar prosperidad. Ningún otro modelo económico ha producido tantos avances científicos, tanta innovación tecnológica, tanta reducción de la pobreza extrema ni una mejora tan extraordinaria en la calidad de vida de la población mundial.
La propiedad privada ha sido una de las piezas centrales de ese éxito.
Cuando las personas pueden apropiarse de los frutos de su esfuerzo, tienen incentivos para invertir, innovar, emprender y asumir riesgos. Gracias a ello aparecieron las fábricas, los automóviles, la electricidad, Internet y prácticamente todas las grandes revoluciones productivas de la era moderna.
Por eso resulta difícil sostener que la abolición de la propiedad privada sea una solución viable. La experiencia histórica demuestra que los sistemas que intentaron eliminarla terminaron destruyendo los incentivos para producir riqueza y, finalmente, empobreciendo a la sociedad.
Sin embargo, el éxito del capitalismo está generando una nueva pregunta. ¿Qué ocurre cuando la tecnología permite crear cantidades gigantescas de riqueza con cada vez menos trabajadores?
Durante la Revolución Industrial, las grandes fortunas dependían de miles de obreros. Durante el siglo XX, las empresas más valiosas necesitaban enormes fábricas, redes de distribución y millones de empleados.
Hoy observamos algo distinto. La inteligencia artificial, la automatización y los efectos de red permiten que una empresa genere un valor económico inmenso con una cantidad relativamente pequeña de trabajadores altamente especializados.
Tal vez el debate del futuro no sea capitalismo versus socialismo.
Tal vez la discusión sea cómo preservar los incentivos que generan innovación mientras se construyen mecanismos que permitan que los beneficios de esa innovación alcancen al conjunto de la sociedad.
Porque la humanidad ya no enfrenta principalmente un problema de producción.
Nunca hemos tenido tanta capacidad para generar riqueza, conocimiento y tecnología.
El desafío de nuestra época es otro.
Debemos descubrir cuál es el sistema económico capaz de mantener la libertad, la innovación y la productividad, pero al mismo tiempo garantizar que incluso quienes poseen menos recursos puedan vivir con dignidad y oportunidades reales de progreso.
Quizá el capitalismo actual sea la respuesta.
Quizá sea solo una etapa de transición hacia una forma superior de organización económica que todavía no conocemos.
Lo único claro es que la gran discusión del siglo XXI ya no gira alrededor de cuánto podemos producir.
La verdadera discusión es quién será dueño de la productividad de las máquinas y cómo esa productividad ayudará a construir una sociedad donde el progreso llegue a todos.
Esa es la pregunta que definirá el futuro.
(*) Abogado

