
La portada de un diario del lunes 11 de mayo no es solo otra denuncia más. Es el reflejo de una verdad incómoda que la izquierda radical peruana no quiere reconocer: la pelea entre Vladimir Cerrón (Perú Libre) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) es auténtica, visceral y motivada por una disputa real de poder y dinero.
No se trata de un “teatro” ni de un ingenioso juego de roles. Sánchez ha absorbido a ex militantes de Perú Libre, a familiares de Pedro Castillo y a importantes figuras etnocaceristas. Ha capitalizado el capital simbólico del castillismo que Cerrón y su partido construyeron durante años. Cerrón, con razón desde su perspectiva, lo acusa de ser un “globo de ensayo del sistema”, un oportunista que usufructúa lo que no le pertenece y de haber formado un “pacto mafioso” con Castillo: uno pone a su familia en el Congreso, el otro se queda con los votos y la estructura.
El propio Cerrón, en su reciente transmisión de TikTok, lo dejó clarísimo con sarcasmo y desprecio: Sánchez es el “buen alumno” que ya superó al maestro. No habla como alguien que prepara una alianza futura con cariño. Habla como alguien que siente que le están robando su base electoral: el votante provinciano, castillista y radical.
Sin embargo —y aquí está la hipocresía—, si Roberto Sánchez logra pasar a segunda vuelta contra Keiko Fujimori, lo más probable es que Perú Libre termine dándole un apoyo táctico o, al menos, una neutralidad favorable. Ya hay congresistas de Perú Libre que lo insinúan. El electorado es el mismo. El enemigo común (el fujimorismo) es más fuerte. Y en la política peruana de izquierda, el pragmatismo siempre termina venciendo a los principios
. Eso no convierte la pelea actual en falsa. La convierte en patética. Pelean hoy con uñas y dientes por el liderazgo de la izquierda y por los mismos votos. Mañana, si es necesario, se abrazarán torpemente para intentar llegar al poder. Y pasado mañana volverán a destrozarse por cargos, ministerios y control del relato.
Esta es la izquierda radical peruana en su máxima expresión: fragmentada, resentida, oportunista y profundamente incoherente. Invocan “lawfare” cada vez que les conviene, pero cuando las denuncias (como la de los aportes no declarados a la ONPE por casi 300 mil soles en las campañas de Sánchez) provienen de sus propios militantes, el escándalo es real y merece ser investigado.
Los peruanos debemos estar atentos. No se dejen engañar por el show de hoy. La rivalidad es verdadera, pero el oportunismo posterior también lo es. La izquierda radical no cambia: pelea por el pastel entre ellos y, cuando ven que se les puede escapar, cierran filas. Aunque sea con quien ayer llamaban “traidor” o “personaje siniestro”.
La verdadera amenaza no es solo uno u otro. Es el círculo vicioso de oportunismo, victimismo y pragmatismo sin principios que sigue dominando ese espacio político.
(*) Exjefe de la DIRCOTE y exdirector de la DINI