Opinión

“A cocachos aprendí…”

Por: José Luis Gil

Con cierta añoranza recuerdo el famoso poema del gran Nicomedes Santa Cruz, “A cocachos aprendí”, que decía: “A cocachos aprendí mi labor de colegial, en el colegio fiscal del barrio donde nací. Tener primaria completa era raro en mi niñez, (nos sentábamos de a tres en una sola carpeta). Yo creo que la palmeta la inventaron para mí, de la vez que una rompí me apodaron ‘mano e’ fierro’, y por ser tan mataperro a cocachos aprendí”. 

Ciertamente, el rigor de nuestra educación de antaño, de alguna manera invocado por el inmortal Nicomedes Santa Cruz, ha cambiado mucho en estos tiempos. 

Pero no estamos en tiempos de poemas, sino de tragedias en el campo educativo. El fracaso revelado por el resultado de las pruebas PISA, en las que nuestros estudiantes retrocedieron 10 años en comprensión lectora y matemática, es una de ellas; y, por otro lado, la tragedia de las ideologías introducidas por el progresismo en el sistema educativo, que pervertían la mente de los jóvenes y que felizmente han sido abolidas recientemente por el Gobierno peruano, es otra. 

Pero la tragedia más dolorosa de estos tiempos, que ha conmocionado al país, es la que vive hoy la familia del menor que fue víctima de una violación salvaje por parte de sus compañeros del Liceo Naval en San Borja. Nuestra solidaridad con ellos. 

Esta situación, como es obvio, ha encendido el debate ciudadano y se ha puesto sobre la mesa de los hogares peruanos una discusión que por años ha sido postergada: el avasallamiento de esos “nuevos modelos” educativos impuestos por la corriente progresista, que enfatizó los “derechos” y relativizó deberes y obligaciones de los menores; la paulatina pérdida de autoridad de los padres, profesores y directivos de colegios y universidades, lo que convierte a los centros educativos en una “olla de presión” respecto al crecimiento exponencial de diversas denuncias por actos de violencia juvenil. 

Hoy la “malcriadez” juvenil se ha normalizado y parece que nadie quiere poner freno a este descalabro conductual de muchos jóvenes. Esto solo es la punta del iceberg de esas perversas mini “sociedades secretas” que se gestan en las aulas y que actúan a espaldas de los maestros y de los padres. 

El momento de parar en seco esta violencia juvenil ha llegado. Tal vez debemos regresar a las estrategias naturales de las familias para imponer sus propias reglas en el interior del claustro familiar, tomando como concepto el rigor y la dureza de antaño, pero sin violencia física ni psicológica. También que los profesores recuperen su autoridad, en el mismo sentido que el anterior. ¿Esto se puede hacer? Claro que sí. Los jóvenes no se vuelven violentos o violadores sexuales a los 17 años; eso se incuba desde niños y de eso todos somos responsables. 

Desde esta trinchera planteamos a los ciudadanos y al Gobierno lo siguiente: educación cívica y premilitar urgente, escuela de padres, implementar un curso de “código penal básico” para que los jóvenes sepan que existen consecuencias penales de los actos violentos, medidas preventivas como suspensiones y expulsiones de los infractores, y que el MINEDU deje de “amedrentar” y perseguir a los colegios por tener “tantas denuncias”; al contrario, enviar ayuda inmediata para acompañarlos en el manejo de sus problemas, entre otras me didas, porque es la única forma de evitar que estos hechos lamentables sigan ocurriendo. ¡Vamos con todo! 

(*) Exdirector general de Inteligencia del Mininter y ExGein

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