
Desde abril del presente año y luego de conocerse los resultados de las elecciones generales, en su primera vuelta, sean ellos provisorios y más aún con los definitivos de la segunda vuelta del 7 de junio próximo pasado, la población de nuestro querido Perú ha quedado dividida en dos importantes bloques: uno, los que votaron por candidatos de partidos formales y democráticos que siguen la ecuación inversión = trabajo y trabajo = bienestar, que es como crecen y se desarrollan los países modernos para beneplácito de sus respectivas poblaciones.
El otro bloque, los que votaron por candidatos que quieren imponer sus ideas, del ala siniestra, a como sea, incluso con la violencia y la conmoción social, como ya ha pasado en algunos otros países del universo, incluso con cercanía a nosotros, como son los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, entre varios otros.
El segundo bloque al que nos hemos referido, la votación no fue necesariamente ideológica, sino como símbolo de protesta al ver que la riqueza de nuestro país, de diferentes orígenes, como podía ser pesquera, agroindustrial, minera, energética e hidrocarburos, les ha pasado delante de los ojos y nada o muy poco les ha quedado para ellos y sus regiones.
Si algo efectivo y serio no se hace en el curso del quinquenio gubernamental que se inicia, penosamente nos veremos en una situación similar a la que acabamos de pasar, pero con otro resultado, es decir, el triunfo del ala siniestra con sus correspondientes consecuencias nefastas, que en la realidad serían peores que cualquier horripilante pesadilla.
Señalado lo anterior, es fácil advertir el por qué de la necesidad de la reconciliación nacional. Y ojo, no se trata de temática religiosa ni de esperar que regrese monseñor Robert Prevost, hoy papa León XIV, para que nos llame a la hermandad, pues se trata de un asunto social y de contenido político.
Es indispensable terminar con el resentimiento, sobre todo de nuestra población del Alto Andino, y su frustración al ver que la riqueza de las diversas actividades económicas se les muestra, pero no se les hace partícipes.
Para la reconciliación, obviamente tendrá que hacérsele participar a dicha población en los beneficios, que el canon y sobrecanon no sean una efímera vocación sino una realidad, y que, si los gobiernos regionales no son eficientes para cumplir con sus tareas, se puedan trasladar los recursos pertinentes para convertirlos en obras al ente ejecutor y con carácter nacional de las obras públicas.
Pero recordemos que no todo es material, sino que existe también atraso cultural, pues el poblador andino que solo conoce el quechua o el aymara está en situación disminuida frente a los pobladores de otras regiones que hablan también el castellano y que, en consecuencia, pueden estar capacitados para la utilización de vocablos digitales en esta nueva era en que vivimos, en la que se han superado largamente los espacios analógicos. En esto tendrá mucho que ver el nuevo titular del sector educación, quien después de algunos años, por fin será un experto en materia cultural y educativa.
Ya no hay que esperar, sino ponernos a la obra y que tanto el sector diestro como el siniestro entiendan las tareas que ya se deben enfrentar, sin retrasos ni excusas, pero sí con decisión y vocación desarrollista.
(*) Expresidente del Consejo de Ministros

