
Pocas cosas generan tanta incomodidad como esperar a alguien que no llega a la hora pactada a reuniones de trabajo, encuentros familiares e incluso en actividades que involucran a decenas o cientos de personas. Lo malo es que, pese a las molestias que ocasiona, la impuntualidad se ha convertido en una conducta cada vez más aceptada. Según una encuesta de Datum, el 67 % de peruanos considera que el incumplimiento de horarios es una práctica frecuente en el país. Esta percepción refleja una realidad que muchos experimentan a diario y que, lamentablemente se ha normalizado, cuando en realidad afecta la convivencia y organización de numerosas actividades.
Frases como “ya estoy llegando” o “solo serán unos minutos” suelen convertirse en largas esperas para quienes sí hicieron el esfuerzo de llegar a tiempo. Cuando esta situación se repite constantemente, la puntualidad deja de ser una norma compartida y pasa a depender únicamente de la voluntad de cada persona.
El problema es que el tiempo constituye uno de los recursos más valiosos que tenemos, ya que no puede recuperarse una vez perdido y por esa razón, cuando alguien llega tarde de manera habitual, no solo incumple un horario, sino que también afecta el tiempo que otras personas habían reservado para cumplir un compromiso.
Muchas veces se subestima el verdadero significado de la puntualidad, porque suele asociarse únicamente con disciplina o buena organización, pero también representa una forma de consideración hacia los demás, ya que demuestra que valoramos su tiempo tanto como el nuestro.
En ese sentido, este hábito empieza a formarse desde edades tempranas, debido a que los niños aprenden observando el comportamiento de los adultos. Cuando en el hogar se respetan los horarios, los compromisos y la palabra, se transmiten valores que posteriormente influyen en la vida personal, académica y laboral.
Además, la impuntualidad tiene consecuencias que van más allá de las relaciones personales, porque también afecta la productividad, retrasa procesos y dificulta el funcionamiento eficiente de instituciones y servicios. Lo que parece un simple retraso individual puede terminar generando inconvenientes para muchas otras personas.
Entonces ¿llegar tarde es realmente una costumbre inofensiva o una forma de falta de respeto que hemos normalizado? Yo voy por la segunda opción porque respetar el tiempo ajeno es una de las maneras más sencillas de demostrar valga la redundancia, respeto a nuestros semejantes. No olviden: puntualidad, ante todo.
(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

