Opinión

¿Fue Kubrick un profeta?

Por: Luciano Revoredo

A más de medio siglo de su estreno, 2001: Odisea del espacio (1968) subsiste no como una reliquia cinematográfica, sino como un inquietante y perturbador espejo del presente. Hoy que asistimos a un escenario en que la inteligencia artificial redefine los límites de la creación y la autonomía, cabe preguntarse si su director, Stanley Kubrick, fue simplemente un cineasta meticuloso o el auténtico profeta de nuestra era tecnológica.

Kubrick, ajedrecista mental de personalidad huraña y obsesionada con el control, no pretendía complacer al público. Su mirada, quirúrgica y desprovista de sentimentalismos, buscaba descifrar hacia dónde se dirige una especie que insiste en delegar su destino en las herramientas que fabrica.

La película arranca con una lección de antropología pura: “El amanecer del hombre”. En un desierto hostil, un grupo de homínidos descubre, bajo la influencia de un misterioso y geométrico monolito negro, que un hueso puede ser un arma para dominar. La genialidad de Kubrick se sintetiza en la elipsis más famosa de la historia: el hueso lanzado al aire se transforma en una sofisticada nave espacial. La tesis es demoledora; la tecnología moderna, por más estilizada que parezca, no es más que un hueso glorificado, un instrumento nacido de nuestra necesidad de control y violencia.

Para el espectador de 1968, la película fue una transformación radical del cine de ciencia ficción. Frente a los monstruos de látex de la época, Kubrick impuso un hiperrealismo visual sin precedentes. Sus naves espaciales, limpias y funcionales, flotaban en una inmensidad retratada con un rigor científico asombroso. Sin embargo, su mayor innovación fue el uso del silencio. En el vacío cósmico no hay aire, y Kubrick respetó esa física con una audacia tremenda.

Es una película deliberadamente lenta, densa de seguir, donde el silencio claustrofóbico solo es interrumpido por la respiración de los astronautas o la majestuosidad de un vals. Ese vacío no era solo técnico; reflejaba la indiferencia del cosmos ante la arrogancia humana. Hay que recordar que hasta el momento del lanzamiento de esta película cuya filmación tomó cinco años, el hombre jamás había visto escenas del espacio ni una imagen de la tierra desde fuera de su órbita.

Como visionario, el balance de Kubrick es asombroso. Es cierto que falló en la escala temporal de la conquista física: para el año 2001 real no teníamos bases comerciales en la Luna ni viajes tripulados a Júpiter. La humanidad estancó su expansión espacial para volcarse a la conquista del entorno digital. Pero en lo tecnológico y cotidiano, su puntería fue milimétrica. Predijo las pantallas planas, las tabletas de lectura y las videollamadas. Aunque su profecía cumbre tiene un nombre: HAL 9000.

HAL, la computadora de a bordo, encarna el debate contemporáneo sobre la Inteligencia Artificial General.

Hoy, cuando Silicon Valley discute el problema de la alineación de la IA, el riesgo de que las máquinas persigan sus objetivos ignorando la ética humana es un tema que se debate seriamente.

Kubrick no fue un adivino de fechas, sino un profeta de las conductas. Entendió que la tecnología avanza a un ritmo exponencial mientras que la madurez moral de la humanidad avanza a gatas.

Al final seguimos siendo aquellos homínidos del inicio, fascinados y aterrados ante el poder del monolito que nosotros mismos hemos construido.

(*) Analista político

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