
No todo lo que circula en una campaña electoral es información y muchas veces lo que se comparte, comenta o viraliza responde más a intereses que a hechos verificables. Eso termina influyendo en la forma en que las personas perciben a los candidatos. En un entorno saturado de contenidos, distinguir entre verdad y manipulación se vuelve cada vez más difícil. De acuerdo con el Consejo de la Prensa Peruana, más del 60 % de ciudadanos en el país ha estado expuesto a contenidos engañosos o noticias falsas durante procesos electorales, especialmente a través de redes sociales y plataformas digitales.
Este fenómeno ha crecido en los últimos diez años y evidencia que la desinformación no es un hecho aislado, sino una práctica que puede alterar la percepción pública de manera significativa. La desinformación no solo confunde, también distorsiona la realidad. Un dato fuera de contexto, una imagen manipulada o un titular engañoso pueden instalar percepciones que luego resultan difíciles de revertir. En muchos casos, el daño se produce rápidamente, mientras que la corrección llega tarde o no tiene el mismo alcance.
Creo que uno de los mayores problemas es que la desinformación suele apelar a las emociones, porque genera indignación, miedo o rechazo de manera inmediata, lo que facilita su difusión. Cuando una noticia provoca una reacción fuerte, se comparte sin mayor verificación, lo que multiplica su impacto. Así, lo falso puede circular más rápido que lo verdadero. También es importante reconocer que las redes sociales han amplificado este fenómeno, ya que permiten que cualquier contenido se difunda en cuestión de segundos sin filtros previos. En ese contexto, la responsabilidad ya no recae solo en quien emite la información, sino también en quien la consume y la comparte.
El riesgo de este escenario es que el debate público se contamine, porque en lugar de discutir propuestas o ideas, se termina reaccionando a contenidos imprecisos o manipulados. Esto empobrece la calidad de la discusión democrática y desvía la atención de los temas realmente importantes. Frente a esta realidad, el elector tiene un rol más activo que nunca, ya que no basta con recibir información, sino que es necesario contrastarla, verificar fuentes y evitar compartir contenidos sin sustento.
La democracia digital ofrece ventajas, pero también exige mayor responsabilidad individual. Cuando la desinformación se instala como parte del proceso electoral, el voto deja de basarse en hechos y comienza a construirse sobre percepciones distorsionadas. Defender la verdad no es solo una tarea de instituciones o medios, es una responsabilidad colectiva. Porque una decisión informada no solo protege el proceso electoral, también protege el futuro que se quiere construir.
“Más del 60 % de ciudadanos en el país ha estado expuesto a contenidos engañosos o noticias falsas durante procesos electorales”.
(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima
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