Opinión

El riesgo del populismo en tiempos de incertidumbre

Por: Rafael Velásquez Soriano

En contextos de incertidumbre, las respuestas simples suelen sonar más convincentes que los diagnósticos complejos. Cuando la frustración se acumula, la política se vuelve terreno fértil para promesas inmediatas. El populismo entiende muy bien ese estado de ánimo colectivo. Se presenta como una salida rápida cuando la paciencia social comienza a agotarse.

Según pude revisar, los estudios del Americas Barometer 2023, elaborados por el Proyecto de Opinión Pública de América Latina de la Universidad de Vanderbilt (LAPOP), muestran que el respaldo firme a la democracia ha disminuido en varios países de la región durante la última década. También advierten una mayor tolerancia hacia líderes fuertes que gobiernen sin demasiados contrapesos. Estos datos revelan que el desencanto puede abrir la puerta a propuestas que privilegian la voluntad personal sobre las instituciones.

El populismo no siempre se manifiesta con discursos agresivos. A veces adopta un tono cercano, emocional y aparentemente empático con las necesidades más urgentes. Su característica principal es reducir problemas estructurales a consignas fáciles de repetir. Allí radica su atractivo y también su peligro.

Me parece que el riesgo no está en querer cambios profundos, sino en ofrecerlos sin sustento técnico. Reformar es necesario, pero hacerlo sin planificación puede debilitar más de lo que fortalece. Las decisiones públicas no solo deben entusiasmar, también deben sostenerse en el tiempo. Gobernar exige responsabilidad más allá del aplauso momentáneo.

También creo que el populismo prospera cuando la política tradicional pierde credibilidad. La decepción acumulada crea un vacío que alguien termina ocupando con mensajes contundentes y soluciones inmediatas. Sin embargo, derribar lo existente sin construir alternativas sólidas, rara vez conduce a estabilidad. Las instituciones, aunque imperfectas, cumplen una función de equilibrio.

Las promesas fáciles suelen omitir detalles esenciales. No explican cómo se financiarán ni qué efectos generarán en el mediano plazo. En tiempos electorales es natural buscar esperanza, pero la esperanza necesita fundamento. De lo contrario, puede transformarse en desilusión colectiva. El desafío está en exigir propuestas claras, medibles y viables. No se trata de rechazar el cambio, sino de analizarlo con serenidad. Las crisis requieren liderazgo, pero también prudencia. La emoción moviliza, pero la responsabilidad sostiene.

En pocas palabras, el populismo no triunfa solo por la fuerza de sus discursos, sino por la debilidad del análisis ciudadano. Una sociedad que escucha con atención y pregunta por los detalles reduce el margen de improvisación. Entre lo urgente y lo correcto suele haber distancia. Y esa distancia es precisamente la que debemos aprender a recorrer con madurez democrática.

(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

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