Opinión

Cuando el voto se convierte en castigo y no en esperanza

Por: Rafael Velásquez Soriano

En cada proceso electoral aparece una emoción que muchas veces pesa más que cualquier propuesta: el enojo. Enojo por promesas incumplidas, por escándalos repetidos, por la sensación de que nada cambia. Ese malestar es comprensible, pero lo preocupante surge cuando el voto deja de ser una elección consciente y se convierte en una forma de castigo.

Sin lugar a dudas, votar es un derecho, pero también es una herramienta de construcción. Sin embargo, en tiempos de desconfianza, algunos ciudadanos no buscan al mejor candidato, sino al que represente una ruptura con el pasado o una reacción frente al desencanto. No se elige por convicción, sino por rechazo. El problema del voto de castigo es que no siempre evalúa la capacidad de quien recibe ese respaldo. Si bien puede expresar descontento, no garantiza soluciones. Castigar a uno no implica que el otro tenga preparación, equipo o visión de país. El riesgo aparece cuando el impulso emocional reemplaza al análisis y la conciencia de la realidad.

He escuchado con frecuencia frases como “hay que probar algo distinto”, “peor no podemos estar” o “hay que votar por el mal menor”. Ese tipo de razonamiento refleja frustración, pero también cierta resignación. Un país no puede decidir su futuro desde la resignación, sino desde la responsabilidad.

La democracia permite sancionar con el voto a quienes no cumplieron, y eso es saludable. Lo que no resulta saludable es elegir sin evaluar consecuencias. Gobernar exige conocimiento, experiencia y criterio. El rechazo no construye por sí solo una alternativa sólida.

En medio del desencanto, vale la pena recordar que cada elección define años de políticas públicas, estabilidad económica y oportunidades para millones. El voto no solo expresa una emoción del momento; define un rumbo. Tal vez el desafío sea transformar el malestar en exigencia, no en impulso. Exigir mejores candidatos, mejores equipos y propuestas claras. Porque cuando el voto se convierte únicamente en castigo, el país puede terminar castigándose a sí mismo.

Al final, la esperanza no nace del enojo, sino de la decisión consciente. Debemos elegir con responsabilidad, lo que no significa ignorar el descontento, sino canalizarlo hacia una opción que ofrezca un futuro prometedor con oportunidades para todos. Y eso exige más reflexión que reacción.

(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba