
Las elecciones pueden ganarse o no. Esa es una verdad de perogrullo. Igualmente lo es que no se puede participar en ellas asumiendo que no hay más opción que ganarlas, cuando es obvio que la otra opción existe. Por otra parte, las elecciones, como las guerras, se ganan desde que se despliega el plano, siguiendo la metáfora de Sun Tzu en su El arte de la guerra.
Por ello lo primero que debo admitir es que fue un error postular a decano del Colegio de Abogados de Lima. Lo fue por tres razones muy claras, cada una con su propio peso específico. La primera es que, aunque sin pruebas de cargo, afronto un proceso penal por cargos estruendosos. El tema sería utilizado en la campaña y lo fue con éxito.
La segunda, una lectura sesgada de mis defensas -que han cubierto todo el espectro político, desde Rafael López Aliaga hasta Vladimir Cerrón Rojas, pasando por congresistas de diferentes bancadas y exministros de Pedro Castillo-, las presentó vinculadas exclusivamente al fujimorismo y el aprismo. La tercera, una actitud contestataria y contra mayoritaria en temas altamente controversiales. No puedo negar que hay un manifiesto contrasentido entre sostener una actitud como esa y perseguir una mayoría electoral. Más bien, es llamativo que un tercio del electorado del Colegio de Abogados de Lima haya votado por la lista que encabecé.
Así, al analizar la experiencia detecté tres preguntas que debía responder. Una, qué es lo que no entendí. Dos, qué es lo que no hice entender. Tres, cómo se neutraliza la política del odio, que campea en el país.
Sobre la primera pregunta diré que no entendí que el elector del Colegio de Abogados de Lima es idéntico al elector peruano promedio, con todo lo que ello significa. Hacer una campaña basada en la racionalidad de un conjunto de propuestas de reforma institucional y modernización, descuidando el elemento emotivo, fue un error manifiesto.
En cuanto a la segunda pregunta, queda claro que no fui capaz de hacer entender que lo que estaba en juego era la primacía de los intereses del abogado, que deben ser protegidos por el Colegio. No hacer entender eso bloqueó convencer a los electores de la conveniencia de decantarse por una plataforma de defensa gremial poderosa, protección social eficaz y capacitación intensiva.
La tercera pregunta es más compleja y, confieso que no tengo respuesta para ella, es el problema de que la política del odio, que aparenta tener dos respuestas: el odio de reversa, cuyos resultados son muy peligrosos, o la creación de una ilusión positiva, que requiere un personaje que no soy yo ni deseo ser.
Todas estas razones hacen indudable que, pese a la generosidad de los 16,591 colegas que votaron por la lista que encabecé, el veredicto electoral debe leerse como un contundente ¡zapatero a tus zapatos! Así que, en viaje directo y sin escalas, me toca regresar al escaño de la defensa y dejar la política, aunque sea la gremial, en manos de gente con auténticas vocación y cualidades para la participación política activa. Tal es el balance y la liquidación de esta interesante experiencia.
(*) Abogado penalista

