
¡Hizo hasta lo imposible! Con emérito empeño cumplió todas las premisas necesarias para su vacancia. ¡Que no quepa duda! La señora Boluarte perdió la presidencia —a la última hora, a meses de terminar su mandato— por incompetente y por los errores cometidos.
Pero especialmente por la falta de tino, los gestos imprudentes y la abrumadora torpeza demostrada. Ergo, nada que objetar ante este anunciado desenlace. Incluso la premura que evadió la defensa —innecesaria a nuestro juicio, pues ensombrece lo resuelto— no afecta sustancialmente el acto decidido.
Por ello, carece de sentido político insistir en lo que, en un santiamén, se ha vuelto ya un pasado remoto. En cambio, sí concita atención la inquietud provocada por la sucesión constitucional, que ha investido como presidente interino al titular del Congreso, José Jerí.
En efecto, si bien la debacle de Dina fue un asunto obvio, no lo es con el reemplazo presidencial. Resulta difícil en extremo comprender cómo un desconocido, sin biografía política y con demasiados cuestionamientos, se alzó con la Jefatura del Estado. Y, peor aún, en los momentos tan dramáticos que atraviesa el Perú. En consecuencia, el beneplácito causado por la eliminación de Boluarte ha trocado de inmediato en una generalizada angustia, dado el escenario que se apertura. Y es que el flamante inquilino del solar de Pizarro no genera ni atractivo ni confianza suficiente, tanto para frenar a la criminalidad como para prestar garantías sobre la imparcialidad del proceso electoral ad portas.
Pero no solo eso. Cabe también mirar con mucha aprensión la debilidad gubernamental de Jerí (hasta ahora no cuenta con equipo ministerial). Surge entonces la duda de si tendrá capacidad para no sucumbir ante la embestida radical y violentista que se programa para el 15 y los días siguientes.
Esta verificación de ineptitud lleva a pensar si la mudanza de Dina por Jerí ha sido buen negocio para la democracia peruana. Lo sabremos muy pronto. Eso sí, no podemos caer en la ingenuidad de descuidar a aquellos que, desde posturas extremistas, preparan asonadas de caos y destrucción con el objeto de imponer la anarquía y el totalitarismo. Debemos preguntar, por ello, si el nuevo presidente tendrá la firmeza y habilidad para conjurar esta amenaza.
(*) Abogado constitucionalista.

