Opinión

Putin en Alaska, sobre una alfombra roja

Por: Ángel Delgado Silva

Cuando el 22 de febrero de 2022 estalló la guerra en Ucrania, todo Occidente condenó a Rusia sin contemplaciones. Acusada de agresión y de violar el derecho internacional, cayó en el peor descrédito. Incluso la aventura militar parecía desesperada y consecuencia de su aislamiento internacional. Nadie apostaba por el éxito de la “operación militar especial”. Porque no enfrentaba a Ucrania, en verdad, sino a la OTAN, con EE. UU. a la cabeza y el concierto europeo.

La derrota de Moscú en el campo de batalla fue barajada entonces. Tanto así que la UE boicoteó el acuerdo de alto el fuego, fraguado en Estambul, a días de iniciado el conflicto.

En paralelo, se confiaba en que las brutales sanciones económicas impuestas asfixiaran a la Federación, y que el descontento se extendiera, desestabilizando a Putin y su régimen. Entre tanto, la feroz propaganda de los grandes medios de prensa obnubilaba la objetividad y la comprensión de los acontecimientos. Por eso, la rusofobia se desplazó por todo el orbe. Expresar opiniones disidentes devino en algo “políticamente incorrecto”. Hasta el Perú prohibió la presentación de grupos artísticos o cualquier manifestación cultural de naturaleza rusófila. La cuestión ucraniana se convirtió en el pretexto óptimo para doblegar la cerviz de la díscola Rusia, ahora y para siempre.

Tres años y medio después, el país paria internacional, representado por su presidente, caminaba por la alfombra roja instalada por el gobierno de EE. UU. en la base militar de Alaska. Era parte del fastuoso protocolo que Donald Trump, jefe de la primera potencia del globo, ofrecía a Vladímir Putin. Así lo reconocía como su igual interlocutor. Ninguna zalamería estaba fuera de lugar. Simplemente era el corolario de hechos incontestables: 1) las FF. AA. rusas se alzaban con la victoria; 2) Rusia repotenció su economía pese a las sanciones; 3) el aislamiento occidental fue compensado por las renovadas relaciones con los países euroasiáticos (Turquía, China, India, Indonesia, etc.) y los BRICS (Brasil, Sudáfrica, etc.).

La cumbre de Alaska –como dicen los entendidos– pasará a la historia como el momento en que la Federación Rusa recuperó su lugar en el mundo, al lado de EE. UU. y China. Este, y no otro, fue el sentido profundo de la reunión Trump-Putin. Ni siquiera acabar la guerra en Ucrania, cuya resolución quedó diferida. Y ante este horizonte tripolar nuevo, el Viejo Continente se resiste. Adiós a su rol hegemónico después de la Guerra Fría, así fuera bajo la sombra tutelar de Norteamérica.

Hoy, cuando EE. UU., conducido por Trump, se desmarca de Europa para acomodarse a los nuevos tiempos, Inglaterra, Francia, Alemania, principalmente, lloran amargamente su infortunio. Ni siquiera el belicismo enarbolado es dable. Carecen de fuerza y están próximos a sumergirse en una gigantesca crisis.

(*) Abogado constitucionalista.

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