Opinión

A 25 años de los vladivideos: ¿aprendimos algo los peruanos?

Por: César Ortiz Anderson

Han pasado 25 años desde que el Perú fue sacudido por uno de los mayores escándalos políticos de su historia: la difusión de los vladivideos en septiembre del año 2000. Aquellas imágenes, mostradas por Fernando Olivera y Luis Iberico en el Congreso, revelaron al país la red de corrupción tejida por Vladimiro Montesinos, asesor presidencial y operador en la sombra del régimen de Alberto Fujimori. En los videos, Montesinos entregaba fajos de billetes a congresistas, jueces, empresarios y dueños de medios, comprando lealtades para perpetuar una dictadura disfrazada de democracia.

El impacto fue inmediato. El régimen se derrumbó en pocas semanas y Fujimori huyó a Japón, donde renunció vía fax. Detrás de esa caída no solo estuvieron los videos, sino también la valentía de ciudadanos y actores políticos que, en un contexto adverso, se atrevieron a denunciar lo que muchos intuían, pero pocos podían probar.

Esa cinta borrosa en VHS no solo derrumbó la dictadura, sino que dejó la amarga certeza de que la corrupción en el Perú no era una excepción, sino casi una tradición. Y, sin embargo, un cuarto de siglo después, la pregunta inevitable es: ¿realmente aprendimos algo

? Si uno revisa la historia política reciente, parece que los electores jugamos a la ruleta rusa en cada elección presidencial. Lo trágico es que casi siempre la bala está cargada. Fujimori terminó preso. Alejandro Toledo, el abanderado de la “Marcha de los Cuatro Suyos”, también. Ollanta Humala, igual. Pedro Pablo Kuczynski, acorralado por Odebrecht. Pedro Castillo, vacado y encarcelado. Alan García, que prefirió un final dramático antes que enfrentar la justicia. Y así, hasta llegar al presente: una presidenta como Dina Boluarte, más ocupada en blindarse legalmente que en gobernar.

La ironía es evidente: votamos indignados contra la corrupción… y terminamos eligiendo a los mismos corruptos de siempre. El ciclo se repite con puntualidad casi matemática. Queremos un outsider y obtenemos un dictador. Buscamos honestidad y nos sale un oportunista. Elegimos un maestro del pueblo y resulta acusado de dirigir mafias familiares desde Palacio. ¿Será mala suerte o simplemente no sabemos elegir?

Hoy, los vladivideos no solo son un recuerdo, sino también una advertencia. El electorado debe reflexionar sobre las lecciones de 1990, cuando una mayoría, cansada de la crisis económica y la violencia terrorista, eligió a Fujimori como un outsider que prometía soluciones rápidas. Ese voto, que parecía representar un cambio, terminó consolidando una dictadura corrupta que hipotecó la institucionalidad democrática.

En este 2025, con un país convulsionado por la crisis política y la desconfianza en las autoridades, la memoria de los vladivideos adquiere nueva relevancia. La presidenta Boluarte enfrenta graves cuestionamientos: acusaciones de corrupción, investigaciones fiscales y denuncias por violaciones de derechos humanos. Su permanencia en el poder es vista por amplios sectores como un intento de blindaje, más que como un servicio al país. La pregunta es inevitable: ¿podría repetirse hoy el proceso ciudadano que desmontó al fujimorismo en el 2000?

Los vladivideos nos enseñaron que la democracia necesita vigilancia ciudadana, que no basta con votar cada cinco años y que si dejamos todo en manos de políticos sin escrúpulos, el resultado es previsible: corrupción, escándalos y cárcel. Pero parece que esa lección nunca se integró del todo en nuestra memoria colectiva. Veinticinco años después, seguimos votando con el hígado, el miedo o el bolsillo vacío. Votamos por rechazo al “otro candidato” y rara vez por un proyecto real de país.

(*) Presidente de APROSEC

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