
La reciente movilización de mineros informales en Perú, destacada por la presidenta Boluarte, revela una crisis social y económica profunda. Con bloqueos de vías y demandas de formalización, el país enfrenta millonarias pérdidas económicas y la disyuntiva entre el diálogo y la confrontación.
El futuro inmediato dependerá de la capacidad del gobierno para ofrecer soluciones efectivas y de la voluntad de los mineros para negociar, en un contexto donde la informalidad es tanto un problema como una vía de subsistencia para miles.
La tensión persistirá si no se abordan las causas estructurales de esta compleja realidad. La reciente marcha de los mineros en Perú, con sus bloqueos de carreteras y la consecuente paralización de actividades en varias regiones, ha puesto una vez más en el centro del debate la compleja y explosiva relación entre la minería informal y el Estado.
La frase de la presidenta Dina Boluarte, “ya no tenemos marchas de antaño, solo tenemos a los mineros”, aunque polémica, subraya una realidad innegable: los mineros informales se han convertido en un actor social y político de enorme peso, capaz de paralizar el país y exigir cambios con una contundencia que pocos otros sectores pueden igualar.
Pero, ¿qué viene después de que las carreteras se despejen, si es que lo hacen, y las demandas resuenen en los pasillos del poder? La respuesta es, lamentablemente, una mezcla de incertidumbre y previsible tensión. En el corazón de este conflicto está el Registro Integral de Formalización Minera (Reinfo) y la Ley de Pequeña Minería y Minería Artesanal (Ley MAPE).
Los mineros exigen la ampliación o modificación de estas normativas, buscando una formalización que les otorgue seguridad jurídica, pero que, a ojos de muchos, es un proceso lento, burocrático y, a menudo, inalcanzable. El gobierno, por su parte, se enfrenta al dilema de cómo ordenar una actividad que genera millones, pero también trae consigo impactos ambientales devastadores, conflictos sociales y, en ocasiones, vínculos con actividades ilícitas. Mientras tanto, el país paga un precio altísimo.
Los bloqueos de vías no solo generan pérdidas económicas millonarias diarias para el transporte, el comercio y el turismo, sino que amenazan con desabastecimiento de productos esenciales y un aumento de precios que afecta directamente a la población. Esta situación pone en jaque la ya frágil economía peruana y exacerba el malestar social. El gobierno ha manifestado su disposición al diálogo, pero insiste en el restablecimiento del orden como condición previa.
En el fondo, las marchas mineras son un síntoma de problemas más profundos: la pobreza estructural en zonas mineras, la desconfianza hacia el Estado y la urgente necesidad de políticas públicas que realmente aborden las causas de la informalidad, en lugar de simplemente reaccionar a sus consecuencias. Lo que nos espera después de esta marcha es un periodo de prueba crucial.
La capacidad del gobierno para ofrecer soluciones creíbles y sostenibles a la formalización minera, combinada con la voluntad de los mineros para negociar en un marco de respeto a la legalidad, determinará si Perú avanza hacia un camino de paz social y desarrollo, o si, por el contrario, se sumerge en un ciclo interminable de confrontación.
La pelota está ahora en la cancha del diálogo, pero el tiempo se agota y las heridas, cada vez más profundas, exigen acciones concretas. *Comunicadora digital, filósofa, periodista colegiada, docente, empresaria, estratega, mujer política del siglo XXI.
