
Imaginemos que los pasillos de las empresas se llenan de ánforas y cédulas de sufragio. En medio del clima electoral peruano, traslademos el poder: ya no es el Directorio ni los accionistas quienes eligen al gerente general, sino los propios trabajadores. En este escenario, los candidatos se polarizarían rápidamente.
Aparecería el “tecnócrata”, obsesionado con el EBITDA, los KPIs y la eficiencia; sólido en resultados, pero distante de las personas. Surgiría también el “visionario”, con discursos de disrupción y transformación digital, inspirador aunque a veces desconectado de la operación. Y finalmente, el más peligroso: el “populista corporativo”, dispuesto a prometer beneficios insostenibles —menos días laborales, aumentos generalizados— con tal de ganar votos.
El principal beneficio de este sistema sería la legitimidad: un gerente general electo tendría un nivel de compromiso organizacional difícil de igualar. Pero el riesgo es evidente: la tiranía del corto plazo. El populista podría ganar con facilidad, pero pondría en riesgo la sostenibilidad del negocio. El tecnócrata, aunque garantizaría resultados, probablemente no lograría el respaldo necesario.
Para ser viable, un candidato tendría que proponer una visión que vaya más allá de cifras. Su “plan de gobierno” debería centrarse en la empleabilidad, el propósito y la sostenibilidad. Esto implicaría compromisos concretos: desarrollo de carrera, flexibilidad laboral, capacitación continua y participación en los resultados. Pero, sobre todo, una obsesión por la excelencia en el producto y el servicio, porque sin cliente no hay beneficios que sostener.
El verdadero diferenciador no sería un plan técnico, sino una apuesta por la cultura organizacional. Esa que se construye en las decisiones diarias, incluso cuando nadie observa. El líder que entiende esto no controla equipos: los convierte en coautores del rumbo empresarial. Sabe que delegar no es perder control, sino multiplicar capacidades; y que innovar no es destruir, sino mejorar a tiempo lo que ya funciona.
Aquí emerge la tensión central. Los trabajadores buscan estabilidad y bienestar inmediato. La empresa necesita rentabilidad, adaptación y, a veces, decisiones difíciles. El único punto de encuentro posible es una cultura sólida que transforme esa tensión en energía productiva, donde el crecimiento individual y el empresarial sean la misma trayectoria. Aunque no votemos en urnas, la lección es clara: el liderazgo moderno no se impone, se valida todos los días. Si un gerente general no logra ser “reelegido” diariamente por el respeto y compromiso de su equipo, la empresa ya perdió la elección más importante: la del mercado.
(*) Contador público colegiado y máster en banca y finanzas.

