
Para quienes no conocen el tema, el juramento hipocrático es un pronunciamiento público, de carácter ético, que realizan los jóvenes que se gradúan en medicina humana. Entre otros compromisos, el juramento dice: “Me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad. Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida de mi enfermo serán la primera de mis preocupaciones. Tendré absoluto respeto por la vida humana, desde su concepción. Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor”. Palabras más, palabras menos, así de solemne y magnánimo es el juramento hipocrático de los médicos del Perú.
Ante el fracaso estrepitoso de los servicios de salud pública en nuestro país, uno se pregunta: ¿dónde quedó ese juramento en los médicos que cobran indebidamente a pacientes pobres, cuyas atenciones están cubiertas por el SIS, el Seguro Integral de Salud? ¿Qué diría Hipócrates sobre los profesionales que trafican con medicinas de hospitales públicos? ¿Qué pensar de quienes marcan asistencia y luego abandonan el hospital para atender en consultorios privados, cobrando como si hubieran trabajado normalmente? ¿Qué juramento hicieron los que, por acción u omisión, malogran equipos hospitalarios para derivar pacientes a sus clínicas privadas? ¿Y los que esconden camas para después “encontrarlas” y entregarlas solo a cambio de coimas?
Está claro: la comunidad médica tiene de cal y de arena. No podemos tapar el sol con un dedo. Existen médicos corruptos e indolentes, y enfermeras que maltratan descaradamente a pacientes y familiares. Ante la inoperancia de los órganos de control del Estado, la ciudadanía debe identificar a esas lacras de la salud pública y desenmascararlas.
Pregunta clave: ¿por qué no se imponen encuestas independientes de satisfacción de pacientes, como se exige a los dos hospitales “APP Bata Blanca” de EsSalud? Me refiero al Barton del Callao y al Kaelin de Villa María del Triunfo, financiados y operados por empresas especializadas bajo supervisión de EsSalud, con excelentes resultados para los pacientes. ¿Por qué no se amplía este modelo en la salud pública, dados sus buenos resultados económicos y prestacionales? ¡Oh diosa corrupción, cuánta crueldad, descaro e hipocresía!
No obstante, en Ica y en todo el Perú hay muchos profesionales de la salud que honran su juramento y son orgullo nacional. Gracias a ellos se han logrado curaciones extraordinarias que salvaron miles de vidas. En la gestión regional que me tocó liderar entre 2015 y 2018, mejoramos notablemente la salud pública en Ica. Reducimos tiempos de espera y colas en consultas externas, registramos todas las atenciones en encuestas de satisfacción y sancionamos, conforme a ley, a quienes cometieron faltas graves.
Por ello fuimos objeto de denuncias. Los médicos corruptos y sus defensores jamás cedieron. Fue una experiencia dura luchar contra la corrupción y la indolencia en los hospitales de la región. Directivos del Colegio Médico de Ica, congresistas y periodistas salieron en defensa de lo indefendible. Sin embargo, contra viento y marea sancionamos actos de indisciplina laboral, pese al respaldo político y mediático de esos malos servidores. No se salieron con la suya. La ciudadanía, sobre todo pacientes y familiares, era la razón de nuestro trabajo.
Estábamos para erradicar corrupción y maltrato en el sistema de salud. Había que enfrentar el clientelismo político, y lo logramos. Había que erradicar la anarquía en salud, y también lo conseguimos. Conclusión: sí se puede mejorar la salud pública en nuestro país. Todo depende de combatir y vencer la corrupción enquistada en ella.
(*) Exgobernador regional de Ica.
