Robots, la IA y el regreso de la producción: el fin de la globalización como la conocimos
Por: Emilio Rossi Ferreyros

Durante más de cuatro décadas, la economía mundial se organizó alrededor de una idea simple: producir donde la mano de obra fuera más barata y vender donde estuvieran los consumidores. Ese modelo convirtió a Asia en la fábrica del mundo, permitió reducir costos y aceleró la globalización.
Sin embargo, esa lógica está cambiando. La irrupción de la inteligencia artificial, la robótica avanzada y la automatización está modificando la principal ventaja que impulsó la deslocalización industrial: el bajo costo del trabajo humano.
Cuando una fábrica depende de miles de trabajadores, producir en un país con salarios reducidos puede representar un ahorro significativo. Pero cuando gran parte del proceso es realizada por robots inteligentes que operan las veinticuatro horas, con pocos errores y sin que el salario sea el principal componente del costo, la ecuación cambia. En ese escenario, la cercanía al consumidor, la estabilidad política, la seguridad jurídica, el costo de la energía, la infraestructura y la capacidad tecnológica pasan a ser factores mucho más importantes.
Por eso, el mundo ya observa un fenómeno que hace apenas unos años parecía improbable: empresas que regresan parte de su producción a sus países de origen o la trasladan a naciones cercanas a sus principales mercados. No se trata del fin del comercio internacional, sino de una nueva etapa caracterizada por cadenas de suministro más cortas, más resilientes y menos vulnerables a crisis sanitarias, conflictos geopolíticos o interrupciones logísticas.
La nueva ventaja competitiva será tecnológica. Los países que quieran atraer inversión deberán ofrecer energía confiable y de bajo costo, infraestructura moderna, instituciones sólidas, reglas estables, capital humano altamente calificado y un ecosistema que favorezca la innovación. En la economía impulsada por la inteligencia artificial, el conocimiento será más importante que el costo de la mano de obra.
Para el Perú, este cambio representa tanto un desafío como una oportunidad. Durante décadas, la discusión sobre competitividad giró alrededor de salarios y costos laborales. En el nuevo escenario, esos factores perderán relevancia frente a la calidad institucional, la infraestructura logística, la conectividad digital, la disponibilidad de energía y la capacidad para incorporar nuevas tecnologías. Si el país aspira a insertarse en esta nueva revolución industrial, deberá dejar de competir por ser una economía de bajos costos y comenzar a competir por ser una economía confiable, eficiente e innovadora. Ello exige reducir la burocracia, fortalecer el Estado de derecho, invertir en infraestructura estratégica, promover la educación técnica y científica y facilitar la adopción de tecnologías digitales por parte de las empresas.
La inteligencia artificial y la robótica no marcarán únicamente una revolución tecnológica. También transformarán la geografía económica del planeta. El mapa de la producción mundial volverá a dibujarse y los ganadores no serán necesariamente quienes paguen los salarios más bajos, sino quienes ofrezcan las mejores condiciones para producir con tecnología de punta.
La gran pregunta para el Perú no es si la automatización llegará. Ya está llegando. La verdadera pregunta es si estaremos preparados para aprovechar esta nueva revolución industrial o si veremos cómo las inversiones del futuro se dirigen a otros países que comprendieron antes que la competitividad del siglo XXI ya no depende de la abundancia de mano de obra barata, sino de la capacidad para combinar tecnología, instituciones y talento.
(*) Abogado
