Opinión

Procrastinar: cuando el “después” nunca termina de llegar

Por: Rafael Velásquez Soriano

Todos tenemos alguna tarea pendiente que seguimos dejando para después: una cita médica, un curso que queremos iniciar, un trámite importante o incluso una conversación. Lo curioso es que muchas veces no dejamos esas actividades para después porque carezcan de importancia, sino precisamente porque requieren tiempo, esfuerzo o la decisión de salir de nuestra zona de confort.

Según una encuesta de Datum, el 64 % de peruanos reconoce que suele dejar para más adelante actividades importantes más de lo que debería. Esta realidad demuestra que procrastinar no es un hábito aislado, sino una conducta cada vez más frecuente que termina afectando distintos aspectos de la vida personal y profesional.

El problema es que solemos convencernos de que siempre habrá un mejor momento para actuar y pensamos que mañana tendremos más tiempo, más energía o mejores condiciones para resolver aquello que hoy estamos evitando. Sin embargo, ese momento ideal rara vez llega y, mientras tanto, las tareas pendientes continúan acumulándose.

Muchas veces la procrastinación no genera consecuencias inmediatas, por lo que resulta fácil minimizar sus efectos. Sin embargo, cuando los días se convierten en semanas y las semanas en meses, aquello que parecía una simple demora termina transformándose en una fuente constante de preocupación y estrés.

Creo que uno de los mayores engaños de este hábito consiste en hacernos sentir ocupados sin necesariamente avanzar. Podemos pasar horas organizando planes, revisando información o pensando en lo que haremos más adelante, aunque en realidad seguimos evitando dar el paso que nos permitiría acercarnos a nuestros objetivos.

También es importante diferenciar el descanso de la procrastinación, porque tomarse un tiempo para recuperarse física o mentalmente es necesario y saludable. Lo que ocurre es que, en ocasiones, utilizamos el cansancio o la falta de motivación como argumentos permanentes para seguir aplazando decisiones que tarde o temprano tendremos que enfrentar.

Además, algunas de las oportunidades más importantes de la vida tienen un tiempo limitado. Un empleo, una beca, un negocio o un proyecto personal pueden desaparecer mientras esperamos las condiciones perfectas para actuar. El riesgo de esperar demasiado no siempre es cometer un error, sino perder la posibilidad de intentarlo.

Por eso, quizá la verdadera pregunta no sea cuánto tiempo llevamos posponiendo algo, sino cuánto más estamos dispuestos a esperar para hacerlo, porque hay decisiones que pueden seguir aplazándose indefinidamente, pero también existen oportunidades que no volverán cuando finalmente decidamos que era el momento adecuado. Así que, dejemos de procrastinar.

(*) Mg. CPC. y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

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