Opinión

Paz internacional

Por: Ántero Flores-Aráoz Esparza

La Navidad, como sabemos, pero no siempre respetamos, es festividad religiosa en que se conmemora la natividad de Jesús, nuestro Señor, nacido en pesebre de Belén al lado de José y de María. En la Natividad de Jesús, no solamente recordamos su nacimiento, sino que también las familias se reencuentran, al igual que la parentela y amigos, reforzando los lazos de fraternidad y cariño y, hasta superando molestias y distanciamientos pasados, en acción cristiana de reconciliación y haciendo votos porque la paz que se recobra sea duradera.

Las pretensiones familiares de reconciliación presente y paz futura también son aplicables a los países y relaciones internacionales, en que, como ya es tradición, el Papa que esté en funciones llama a los gobernantes del mundo a poner sus máximos esfuerzos en lograr dicha paz. Penosamente, los llamados del Santo Padre no siempre son escuchados ni menos seguidos, y los conflictos internacionales siguen su suerte y por mal camino.

La paz invocada por el Papa ojalá sea atendida y pronto logremos que, por lo menos, los gobernantes dejen de lado las ansias de beligerancia nutridas por la violencia y logren la reconciliación permanente, no a base de la conflictividad sino de los canales del diálogo y concertación, para lo que se requiere de buena voluntad, así como recíprocas concesiones para llegar a justos medios.

La diplomacia es vital para los esfuerzos de reconciliación internacional y ella es más eficaz que el uso de las armas, lo que no significa perder la capacidad disuasiva, que, si bien no soluciona los problemas internacionales con vocación duradera, por lo menos da tiempo para el inicio de las conversaciones diplomáticas.

Para las conversaciones de paz y reconciliación es indispensable actuar con buena fe y sin odiosas amenazas, que lejos de facilitar la paz, lo único que generan es más desconfianza y conflictividad. Las relaciones internacionales tienen que realizarse, insistimos, con buena fe y sin segundas intenciones, más en un mundo con armamento sofisticado y que en los hechos puede comprometer a todo el planeta en una nueva conflagración mundial, la que, en adición, puede acabar sin vencidos ni vencedores, sino todos perdedores y seriamente afectados.

Por todo lo señalado, en estos días que se supone son de paz, es menester que los gobernantes hagan sumos esfuerzos por la búsqueda de paz internacional, teniendo presente que ello no es fácil ni mucho menos, pero que hay que hacerlo sin retraso, pues la situación mundial no espera.

Los países no comprometidos directamente con la beligerancia tienen que contribuir con su influencia hacia la paz, iniciando los correctivos que se requieren en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para que sea realmente eficiente y pueda ser la plataforma para llegar a entendimientos internacionales, dejando de ser una entidad supranacional en que predominan supuestamente las buenas intenciones, pero no hay acciones concretas ni menos exitosas para lograrlo.

Ojalá que los llamados a la paz efectuados reiterativamente desde la Santa Sede logren su cometido en bien de la humanidad.

(*) Expresidente del Consejo de Ministros.

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