Limpiemos la pelota, limpiemos nuestro país

Dos de los mayores problemas que tiene nuestra patria son la corrupción y la violencia, lamentablemente el deporte no es ajeno a estos flagelos y más aún el fútbol que es el deporte más popular y tema de conversación en la mayoría de las reuniones sociales.
Hace veinte años, el panorama era desolador, pero tenía un matiz distinto. La corrupción se sentía más “doméstica”, aunque no por ello menos dañina. Se comentaba que en las asambleas de bases se conseguía los votos ofreciéndose pasajes, pelotas o juegos de camisetas. Era la época en la que los clubes debían meses de sueldo. En aquel entonces, la violencia en los estadios empezaba a mutar. Ya no era solo grescas aisladas, las barras bravas habían consolidado su poder territorial. Las autoridades han claudicado en controlar la violencia y actualmente, cuando un partido es considerado como de “alto riesgo”, se llega al extremo de prohibir la hinchada del equipo visitante, con lo cual se resta parte importante del espectáculo en las tribunas. Recordemos que antiguamente se jugaba tripletes en el Estadio Nacional con la concurrencia de seis barras y no había violencia.
Actualmente tenemos reelecciones cuestionadas y actores que “sin querer queriendo” ayudan a exacerbar los ánimos. Hay un viejo dicho que indica que si no puedes arreglarlo por lo menos no lo malogres más y algunos de nuestros dirigentes parecen empeñados en empeorar la situación.
La semana pasada se disputó en el estadio Alberto Gallardo el partido más atractivo de la fecha donde Universitario visitó al Sporting Cristal. El encuentro se desarrolló sin problema. Desgraciadamente, luego de los noventa minutos, cuando el plantel crema se dirigía a los camarines, un grupo de desadaptados (mal llamados hinchas) empezó a insultar a algunos jugadores merengues y al entrenador, quienes reaccionaron mal y respondieron los insultos.
El tema debió haber quedado allí, sin embargo, los dirigentes de un equipo (Alianza Lima) que no “estuvo invitado a la fiesta” presentaron una denuncia ante la Comisión Disciplinaria pidiendo sanciones para los involucrados. Este hecho nos hizo acordar al Ñoño del Chavo del Ocho cuando decía “mírelo eh, mírelo eh”. Este tipo de actitudes de los dirigentes lo único que consigue es echar más leña al fuego. La erradicación de la violencia tiene que empezar por los actores directos: jugadores, cuerpo técnico y dirigentes, sobre todo los últimos mencionados, que tienen que dar el ejemplo para poder exigirles buen comportamiento al plantel y barristas.
Si seguimos cediendo ante la violencia, como es jugar solamente con hinchada local y tratando de ganar beneficios en mesa nos seguiremos lamentando de la situación y en unos años esta columna no habrá perdido actualidad. Deseo que pronto parezca un artículo de ciencia ficción.
(*) Periodista deportivo.
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