
Cuando pienso en el futuro del Perú, no puedo dejar de pensar en ellos: millones de jóvenes que este 2026, por primera vez, tendrán la llave de las urnas en sus manos. No hablo de un grupo invisible, sino de una fuerza que supera los 6,8 millones de votantes entre 18 y 29 años inscritos en el padrón electoral. Hablamos de una generación que, con su voto, podría definir el rumbo de nuestro país.
Sin embargo, aunque este sector es enorme y tiene potencial decisivo, muchos jóvenes están desconectados de la política convencional. Según una encuesta de Datum Internacional, entre quienes votarán por primera vez, casi el 60 % prefiere la democracia frente al autoritarismo, lo que deja ver un fuerte compromiso con los valores fundamentales de convivencia.
Pero esa inclinación hacia la democracia coexiste con una fuerte desconexión de las formas tradicionales de la política. Apenas un 4,6 % de jóvenes confía en los partidos políticos y solo una minoría siente que su voto es verdaderamente autónomo. Esto no es una simple estadística, sino la realidad de una generación que observa con distancia a los partidos políticos, pero que desea un espacio donde su voz sea tomada en cuenta.
Lo que más me preocupa es la contradicción entre expectativas e información. Siguiendo con las estadísticas sobre tendencias de voto entre jóvenes, aunque el 66 % cree que su voto es importante, solo el 21 % se informa adecuadamente antes de decidir por quién votar. Muchos definen su opción en la última semana electoral, lo que evidencia una brecha educativa y de ciudadanía que no podemos seguir ignorando.
Entonces veo que lo que emerge no es apatía total, sino más bien una frustración de los jóvenes peruanos hacia la política tradicional y un deseo de soluciones reales a problemas concretos, tales como empleo digno, educación de calidad, salud eficiente, servicios que funcionen y oportunidades reales para todos.
Espero que las propuestas de los candidatos al sillón presidencial logren conectar con las inquietudes del electorado juvenil. No solo ofrecer promesas, sino herramientas reales de participación, información y representación. Asimismo, desarrollar políticas públicas que no se dicten desde un escritorio en Lima, sino que nazcan de diálogos con jóvenes de todas las regiones. El presidente debe estar presente y no limitarse a enviar representantes.
Se trata de construir una democracia viva, donde votar no sea un acto aislado, sino parte de una ciudadanía activa y comprometida con el desarrollo del país. Porque ellos, quienes hoy miran con cierta distancia las viejas estructuras políticas, serán quienes sostendrán la democracia del mañana. En estas nuevas elecciones para el periodo 2026-2030 no se trata solo de elegir autoridades, sino de reconocer que una parte vital de nuestro país está lista para ser escuchada. Si los jóvenes sienten que su voz vale, participarán. Pero si se les ignora, se alejarán. El futuro del Perú dependerá de cuánto logremos incluirlos hoy. Escucharlos es una necesidad para construir el país que necesitamos.
(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima.

