Opinión

La trampa de la “sensatez”: Roberto Sánchez, brígida curo, antauro y los vínculos incómodos

Por: Max Anhuamán

Roberto Sánchez Palomino llega a la segunda vuelta con una sonrisa conciliadora y discursos sobre “sensatez”. Habla de estabilidad, de no insistir en lo inviable y de mantener a Julio Velarde en el BCR. Suena razonable. Pero quien haya seguido su trayectoria sabe que esto es una estrategia temporal para llegar al poder y luego aplicar lo que siempre ha pregonado: un proyecto de izquierda radical inspirado en el socialismo del siglo XXI.

En primera vuelta, Sánchez se presentó como el heredero castillista puro. Prometió remover a Velarde, Asamblea Constituyente, mayor control estatal sobre recursos y un “cambio de modelo”. Ahora, sin mayoría congresal a la vista, retrocede convenientemente. Es el clásico engaño de balotaje: moderarse para captar votos de centro y, una vez en Palacio de Gobierno, retomar la agenda original con la presión de su base radical.

No está solo en esto. Su fórmula vicepresidencial incluye a Brígida Curo, segunda vicepresidenta, una dirigente social de Puno con perfil de activista de marchas y paros más que de gestora de Estado. Su presencia refuerza el mensaje de “Perú profundo”, pero también genera preocupación: escasa experiencia en gestión macroeconómica y un historial ligado a las protestas que han paralizado el país en el pasado. Si Sánchez tuviera algún problema (vacancia, incapacidad o renuncia), Curo representaría un salto al vacío institucional.

Y luego está el verdadero “gallo de tapada”: Antauro Humala. Aunque Sánchez intenta desmarcarse públicamente diciendo que no hay alianza formal, los hechos contradicen esa versión. Antauro ha dado apoyo explícito, ha movilizado votos etnocaceristas y comparte con Sánchez la agenda de Asamblea Constituyente y confrontación con el modelo económico actual. El líder del etnocacerismo, condenado por el Andahuaylazo (donde asesinaron policías), es el fuego que Sánchez mantiene controlado durante la campaña pero que podría soltar una vez en el poder para “incendiar” las bases y presionar al Congreso.

A esto se suma un detalle aún más grave: Sánchez se hace el loco o minimiza los vínculos de varios congresistas de su lista con el terrorismo. Su partido, Juntos por el Perú, lleva candidatos con nexos documentados al Movadef (brazo político de Sendero Luminoso), como César Tito Rojas, fundador de esa organización en Puno. También figuran figuras cercanas a Íber Maraví (investigado por presuntos vínculos con Sendero), Alejandro Manay y otros con antecedentes o investigaciones por conexiones con remanentes terroristas. Sánchez suele rechazar estas críticas como “terruqueo” y defiende o guarda silencio sobre estos personajes, en lugar de deslindarse con claridad. Los antecedentes de Sánchez con Evo Morales completan el cuadro. Ha viajado a Bolivia a marchar por él, lo ha llamado “hermano” y comparte la visión de refundar el país a través de una nueva Constitución.

La “sensatez” actual de Sánchez no es convicción, es conveniencia.

Los peruanos debemos votar con memoria, no con esperanza ingenua. Porque después del 7 de junio, cuando digan “yo no voté por Brígida Curo, ni por Antauro, ni por esos congresistas radicales”, será demasiado tarde. La moderación de campaña suele desaparecer el día después de la victoria. La historia regional lo demuestra con creces.

¿Estás dispuesto a correr ese riesgo?

(*) Exdirector de la DIRCOTE y de la DINI

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