
No cabe duda de que el candidato de Juntos por el Perú fue votado masivamente. La mitad del electorado lo prefirió pese a los duros reparos, incluso de la propia izquierda. No importó su programa de retorno a los tiempos de Castillo, de tan triste recordación nacional. ¡Sorpresa mayúscula, tremenda e infartante para muchos! Entonces cabe proveer una explicación sólida y de utilidad que satisfaga las más agudas exigencias. Para ello hay que renunciar a los manidos tópicos que con frecuencia y abundancia orlan la política criolla. Descartemos, en primer lugar, la ilusión revolucionaria.
El socialismo del siglo XXI alucina con los resultados electorales y ve una polaridad entre derecha e izquierda, en la orilla de la toma del poder. Pero la realidad desmiente el deseo. Los últimos años son escasos en participación ciudadana, hay abulia en lo popular y una evidente defección ante la política en sí. Los hechos son contundentes y contradicen aquel espejismo eleccionario.
Es verdad que proliferan liderazgos sociales escorados hacia un radicalismo espontáneo y primitivo, tanto en la sierra como en el sur del país. Pero nada más. En el Perú de hoy ya no existe un movimiento político de masas, como fue la Izquierda Unida de los años noventa finiseculares. Aunque la vigencia de una pasión antifujimorista es una obviedad, no es la razón suficiente del éxito electoral de Roberto Sánchez. Primero, porque con los años tal sentimiento se reduce inexorablemente.
Segundo, porque el régimen de Alberto Fujimori –igual que el terrorismo– se distancia cada vez más de las nuevas generaciones. Tercero, porque en puridad Fuerza Popular de Keiko Fujimori ha dimanado en una formación política que, salvo alguna particularidad, comparte la repulsa común hacia todos los partidos. No se niega el antifujimorismo. Pero ha devenido en un culto elitista y variopinto de febriles monaguillos; más allá de la propia izquierda y extraño a toda racionalidad histórica y política.
En la era de las tecnologías informáticas, donde las fake news desplazan a la verdad, son las narrativas y no los programas ni el carisma los que definen una victoria electoral. Y Sánchez convenció con la suya a más de nueve millones de votantes. Les hizo olvidar que Perú Libre ganó los comicios de 2021, que Pedro Castillo fue presidente hasta su destitución, que le sucedió su vicepresidenta Dina Boluarte y que él mismo fue ministro y actual congresista. Sin que fuera refutado, vendió su relato con éxito.
Hizo creer a sus electores que: “Keiko Fujimori gobierna al país desde el Congreso y, por ende, no debe ganar la Presidencia, para no acumular todo el poder”. ¡Una gran patraña, sin duda, pero muy eficaz para librarse y esconder sus propias culpas!.
(*) Abogado constitucionalista

