
No quiero ser diputado por vanidad ni por carrera política. Quiero ser diputado porque el Perú está secuestrado por dos fuerzas que se retroalimentan: una corrupción enquistada en el Estado y una ideología que ha vaciado de principios a la política. Ambas han convertido al Congreso en una institución desprestigiada, lejana a la gente y funcional a intereses que no son los del país. Y alguien tiene que entrar ahí no para acomodarse, sino para limpiar.
Durante décadas, la política peruana ha sido capturada por redes de corrupción que usan el poder para enriquecerse, protegerse entre ellos y bloquear cualquier reforma real. El Congreso, que debería ser el corazón de la República, se ha convertido muchas veces en un mercado de favores, blindajes y cálculos mezquinos. Mientras tanto, el ciudadano común paga impuestos, sufre inseguridad, recibe malos servicios y observa cómo los mismos de siempre se reparten el botín. Esa indignación es legítima. Y es la razón por la que no basta con indignarse desde fuera: hay que entrar y dar la pelea desde dentro.
Quiero ser diputado porque creo que la política no se abandona a los corruptos: se les enfrenta. La idea de que “todos son iguales” es precisamente lo que permite que los peores sigan mandando. Si la gente decente se retira, el vacío lo llenan las mafias. Por eso he decidido asumir el costo de meterme en un espacio sucio para intentar limpiarlo. Hoy en día no es cómodo ni es elegante, pero es necesario.
Pero la corrupción no es solo robar dinero. También es manipular leyes para favorecer a grupos de poder, imponer agendas ideológicas ajenas al país y convertir el Estado en una maquinaria al servicio de minorías organizadas. La corrupción moral y la corrupción económica van juntas. Un Congreso que pierde el sentido de la verdad y del bien común termina siendo un Congreso fácil de comprar, de chantajear y de capturar.
Defiendo que el Estado debe ser fuerte contra el crimen, la corrupción y el desorden, y limitado frente al ciudadano honesto que quiere trabajar y salir adelante. El Perú no necesita más burocracia, necesita más autoridad legítima, más reglas claras y menos espacio para la trampa. La pobreza no se combate repartiendo discursos ni creando programas clientelistas, sino generando condiciones para que el esfuerzo honrado rinda frutos.
También quiero ser diputado para dar una batalla cultural que muchos prefieren esquivar. Cuando se relativiza todo, la verdad, la biología, la familia, la identidad, se crea una sociedad cínica, donde nadie cree en nada y todo se negocia. Y una sociedad así es el terreno perfecto para la corrupción. Por eso defiendo la familia, la fe y los valores no como consignas, sino como los cimientos morales sin los cuales ningún país puede ser honesto.
Creo que una nación que pierde su brújula moral termina justificando cualquier cosa: desde el robo hasta la destrucción de la infancia. Yo no acepto esa decadencia. Creo en la dignidad de la persona, en la responsabilidad, en el mérito y en la ley. Y creo que la política debe volver a estar al servicio de esos principios, no de los intereses de turno.
Quiero ser diputado porque el Perú merece un Congreso que no tenga miedo de enfrentarse a las mafias, a las oenegés ideologizadas, a los lobbies y a los corruptos de siempre. Un Congreso que legisle para la mayoría silenciosa que trabaja, paga impuestos y quiere vivir en un país normal, seguro y decente. No prometo milagros. Prometo algo más raro y más valioso: no rendirme, no venderme y no callarme. Porque limpiar la política empieza por decir la verdad. Y alguien tiene que empezar.
(*) Analista político.
