
Hay megaproyectos que nacen bajo la narrativa del progreso inevitable, empaquetados en cifras millonarias que encandilan a los despachos gubernamentales. El Megaparque Industrial de Ancón (PIA) es uno de ellos. Más de 1,200 millones de dólares en inversiones proyectadas y un discurso que promete convertir la costa central en el gran corredor logístico entre Chancay y el Callao. Sin embargo, al bajar del papel a la tierra del desierto de Lima Norte, la promesa se fractura. Literal y metafóricamente.
En el terreno, la realidad es de tensión operativa. Asociados del Grupo AAMEC impidieron recientemente el paso de tráileres y maquinaria del consorcio chino adjudicatario, Junefield. No fue un acto de violencia gratuita ni una simple protesta informal: es el síntoma de una herida histórica y un acto de defensa territorial frente a lo que perciben como una asimetría de poder desmedida.
A eso se suma una herida física en la tierra: una zanja de gran extensión que atraviesa el desierto y compromete directamente la integridad y el valor de los lotes de los empresarios locales. Mientras las versiones de campo señalan que obras de infraestructura como el peaje de Norvial habrían derivado el cauce natural de un huaico afectando la zona, la respuesta de las autoridades se dilata en la burocracia. Hoy, la pieza clave para determinar responsabilidades descansa en un informe de Defensa Civil de la Municipalidad de Ancón que aún no ve la luz con la urgencia que el caso exige.
Pero reducir Ancón a un conflicto entre camioneros y un consorcio transnacional es una lectura miope. AAMEC no llegó ayer. Las más de 500 PYMES de Lima Norte representan la memoria viva de un proyecto que nació con la cesión de terrenos del Ejército en 2007, que sobrevivió a la reconversión “ecológica” del proyecto en tiempos de Alan García, y que resistió los manoseos normativos y los intentos de captura en sucesivos gobiernos.
El riesgo actual es doble. Por un lado, que la asimetría de capital imponga un enclave corporativo de espalda al tejido productivo local; por el otro, que se criminalice la protesta de quienes llevan dos décadas defendiendo el expediente técnico de la pequeña industria nacional.
El Perú no necesita gigantes de concreto levantados sobre la exclusión de sus propios emprendedores. El desarrollo industrial o es inclusivo, técnico y respetuoso del territorio, o no es más que otra ilusión de modernidad trazada sobre una zanja de impunidad. La palabra la tienen ahora los documentos oficiales, la transparencia de las autoridades y la capacidad de poner la investigación periodística al servicio de la verdad.
(*) Marketing 5.0 I análisis político moderno I humanización con propósito
