
No se puede esconder la gravedad de los hechos acontecidos con el alumnado del Liceo Naval, en el distrito metropolitano de San Borja, ni con expresiones amables ni tampoco con la reseña de otros establecimientos escolares dependientes de nuestras Fuerzas Armadas y también de la Policía Nacional, a lo que se podría agregar miles de escuelas públicas y de colegios privados.
Han salido incluso a pontificar diversas personalidades que han sido ministros o viceministros de Educación, al igual que directores de centros educativos de reconocido prestigio. El común denominador de las expresiones de todos ellos es que la calidad educativa deja muchísimo que desear y que deben hacerse cuanto antes los respectivos correctivos.
Ante ello, la lógica pregunta de quienes escuchamos tales expresiones es por qué no hicieron los correctivos cuando estuvo bajo sus responsabilidades la conducción del Sector Educación, pues es fácil criticar cuando se pudo hacer lo debido y no se hizo.
Algunas personas que estuvieron en tan importantes cargos podrán decir que lo sugirieron o lo propusieron a quien ocupaba en esos tiempos la presidencia de la República, pero no tuvieron eco. Si lo que se propone no es aceptado por la presidencia, obviamente se tienen las puertas abiertas para renunciar y dejar el cargo, pero es muy encumbrado el ejercicio del mismo sin hacer lo debido.
La mejoría del sector educación no puede concentrarse en la infraestructura, pues la educación no es solo ladrillo y cemento. No cabe duda de que las entidades educativas deben contar con buenos locales, pero servirán de poco si es que no hay una mejora en la calidad educativa.
Ya en otras oportunidades hemos recordado que las deficiencias en la calidad de la educación se deben a que, por insatisfactorias remuneraciones del profesorado, hay veces que tienen que dobletear y hasta tripletear sus ocupaciones, lo que les resta tiempo para preparar clases y también corregir exámenes.
Antaño, los profesores gozaban de la misma respetabilidad que los médicos, ingenieros, abogados y diversas otras calificadas profesiones, pero al ir perdiendo nivel remunerativo, el profesorado se convirtió en una profesión de segunda al reducirse su prestigio en la sociedad.
Esto último no es algo que haya escuchado de oídas, sino que lo he vivido, pues mi abuela materna, Zenaida Mosselli Conroy, fue directora de un colegio fiscal, al igual que su hermana Dorlisca, que también dirigía otra escuela fiscal, pero en Chosica. En esos tiempos, el magisterio era socialmente considerado en forma óptima, lo que debe recuperarse.
Si bien ya no están entre nosotros educadores como Noé Zevallos (hermano Óscar) o Germán Peinador (hermano Alberto), que nunca dejaron de opinar cuando eran requeridos, no olvidemos que están entre nosotros y vigentes otros educadores de gran valor y trayectoria, a quienes se les podría solicitar consejo, como Idel Vexler y León Trahtemberg, así como las religiosas de la Universidad Femenina del Sagrado Corazón. Hay gente muy experimentada a la que se puede recurrir.
*Expresidente del Consejo de Ministros
