
Estados Unidos debe evitar la potente infiltración islámica dentro de su territorio. Trump lo sabe. Ahora el problema real es el Partido Demócrata, que se ha convertido en una institución que cobija comunistas, socialistas e islámicos, abjurando de su propia doctrina e incorporando ideologías progresistas y antifamilia que solo pretenden la mutación del verdadero status quo norteamericano. Que la gobernadora de Massachusetts, Healey, haya promulgado una ley que permite el aborto hasta el día del nacimiento es realmente terrible.
Estados Unidos es el objetivo principal del islamo-comunismo, porque representa los valores occidentales. Busca instalar radicalmente dentro de la sociedad americana un califato, un imperio islámico, porque si logran penetrarlo, Israel será una “perita en dulce” y el resto del mundo también caerá. Europa no será rival, ya que está profundamente islamizada hasta sus fibras gubernamentales más íntimas. Inglaterra tiene 300 mezquitas que aplican la Sharia y esto prácticamente es irreversible, igual que Francia o España, con la reciente e incontrolable avalancha magrebí.
Desde el 2001, tras el atentado de las Torres Gemelas, el número de mezquitas musulmanas se duplicó en EE. UU. Se contabilizaron 2,000 mezquitas y desde entonces se calcula un crecimiento exponencial, indetenible.
La mayoría de las organizaciones musulmanas que abogan por los derechos civiles y la justicia social lo hacen más como postura estratégica de penetración y se mimetizan insurreccionalmente en el Partido Demócrata, que es el único que les brinda grata acogida. Zohran Mamdani es el primer ejemplo.
El objetivo de la revolución islámica es migrar, procrear, monopolizar, adoctrinar, islamizar y dominar al mundo. Recordemos que el islam no coexiste con otras religiones: las elimina, las extingue, las fulmina, las sepulta.
Giorgia Meloni, en Italia, acaba de deportar a un islámico por defender el “matrimonio” con niñas de nueve años. Sin debate, sin opinólogos. Expulsión inmediata. Ella defiende su sociedad y su cultura, no entra en jueguitos.
¿Tiene acaso el Perú una estrategia para evitar que hordas o enjambres ideológicos se posicionen en nuestras tierras y en el futuro se reemplace el cebiche por el shawarma?
(*) Analista político
