Opinión

Cuando “respetos guardan respetos” es solo un refrán

Por: Rafael Velásquez Soriano

Hay situaciones que vemos a diario, como en el transporte público, donde encontramos personas que ocupan asientos reservados sin necesitarlos, pasajeros que escuchan música sin audífonos, o conductores que ignoran las normas de tránsito. Son conductas que, aunque suelen pasar desapercibidas, reflejan una realidad que merece atención.

Según una encuesta nacional de Datum, el 78 % de peruanos considera que en el país existe poco respeto entre las personas. Esta percepción revela una preocupación cada vez más extendida, porque la convivencia no depende únicamente de las leyes o las sanciones, sino también de los valores que nos inculcaron desde casa.

Recordemos siempre que el respeto empieza por uno mismo. Resulta fácil exigir consideración, buen trato o cumplimiento de las normas, pero no siempre mostramos la misma disposición cuando nos toca actuar como ciudadanos en los espacios que compartimos todos los días.

Creo que el gran problema es que hemos comenzado a normalizar comportamientos que antes eran vistos como faltas básicas de convivencia como ceder el asiento a una persona mayor, respetar una fila, mantener un volumen adecuado en espacios públicos o tratar con cortesía a quienes nos rodean.

El respeto no se aprende únicamente en el colegio, porque las primeras lecciones sobre consideración, empatía y responsabilidad se deben dar en el hogar, puesto que son los padres y las familias quienes transmiten la forma en que se debe convivir con otras personas y relacionarse con las normas que hacen posible la vida en comunidad.

Además, la pérdida de respeto también se refleja en la relación con la autoridad, ya que con frecuencia observamos actitudes negativas frente a policías, inspectores, profesores o cualquier persona que representa una responsabilidad institucional. Cuestionar decisiones es parte de una sociedad democrática, pero hacerlo desde la agresión o el desprecio termina debilitando las bases de la convivencia.

Esto no significa que antes todo funcionara mejor ni que las nuevas generaciones sean las únicas responsables de esta situación, porque el problema atraviesa distintos grupos de edad y sectores sociales. Lo preocupante es que la falta de respeto parece haberse vuelto cada vez más tolerada, al punto que muchas conductas inadecuadas ya no generan el rechazo que deberían.

Por eso, más allá de las campañas, las normas o las sanciones, el desafío consiste en recuperar aquellos valores que permiten vivir en sociedad. Porque el respeto no se demuestra en los grandes discursos ni en las ocasiones especiales, sino en las pequeñas decisiones que tomamos cada día cuando compartimos espacios, normas y responsabilidades con los demás. A respetar se ha dicho.

(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

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